La España de Frankoenstein.

Frankenstein; or, The Modern Prometheus Editorial Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones,

Cuando una sociedad en su conjunto es incapaz de vertebrarse en un único cuerpo natural y lo que busca, persigue y anhela es la creación de un engendro tal que podría compararse al monstruo ideado por la escritora británica Mary Shelley; en una suerte o desgracia de injerto Frankenstein, entonces al resultado de ese nuevo mito de Prometeo bien podría llamársele España.

Resulta antinatural pretender convertir los restos de varios cadáveres en un único ser y otorgarle el don de la naturalidad sin que el resultado cause repulsión, aunque las buenas intenciones primigenias fuesen loables.

Franco ha muerto, aunque parezca que su cerebro y pensamientos nos conduzcan en este nuevo cuerpo cosido de retales al que llamamos nación. España es un cuerpo virtual con brazos postizos, con órganos vitales extraídos de viejas ideas, ojos que miran de reojo al pasado, una boca que emite sonidos guturales, las piernas desiguales de muertos distintos que hacen que caminemos con un paso adelante y otro atrás, oídos casi sordos, insensibles a cualquier melodía de futuro y un alma desalmada que no sentirá ni padecerá por los males que  ya provoca…

Un cuerpo virtual que aún no camina solo, pero ya respira por si mismo.

Alguien tal vez pensó, o pensaron, porque creo que fueron varios, que este país podía permanecer cadáver guardado en formol y naftalina a la espera del momento ideal para resucitarlo, guardando las apariencias de sus intenciones mezclándose con la plebe para ganarse su favor, y, como los “resucitadores” del siglo XIX en Londres, ir robando poco a poco los miembros necesarios para dotarlo de una anatomía propia, pero distinta a la original aunque en su esencia el monstruo resultante sea el mismo. Aquí la gran diferencia es que los “resucitadores” no se valen de los miembros de cadáveres que descansan en los cementerios, elegidos al azar para ponerlos en manos de las escuelas de anatomía, -a esos los dejan en las cunetas- sino que cuidadosamente han elegido con calculados estudios los miembros aun vivos de sus contemporáneos, que van eliminando poco a poco simulando desgraciados accidentes para que no se realice autopsia alguna y nadie sospeche de sus intenciones.

Se avecina una buena tormenta creada para la ocasión, de donde han de sacar la energía necesaria para obrar el mal. El ambiente está cargado de veneno, los nubarrones negros de la maldad van tomando cuerpo de batalla en las alturas y el viento trasporta el olor a podredumbre propio de las desgracias.

En cuervos se verán trasformados para devorarnos los ojos…

Aun no es tarde si queremos salvar a la patria. El cuento ya nos lo sabemos y el castillo lo tenemos a tiro de piedra para abordarlo por la fuerza si fuese necesario, quemándolo todo con las antorchas de la vida, alzando nuestras armas de andar por casa, las que dan la fuerza de la suma de todos nosotros. Evitemos que de la tormenta surja el rayo que nos ha de partir a todos por la mitad, o al menos que no inyecte su fuerza destructora en el cuerpo del interfecto. Quememos el castillo y no dejemos de él piedra sobre piedra. Dios no está con nosotros en esta batalla. Esto es cosa nuestra y no hay escapatoria. Dios tampoco está con ellos. Aquí Dios no pinta nada.

 

 

 

 

 


 

 

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