San Juan de los últimos Días

El tiempo transcurrido no importa, salvo para el olvido. No somos nadie, decimos en plural ante la muerte.   Pero yo tengo un nombre sobre mi cuerpo y sombra bautizado en la pira sacramental del fuego. Lo que tú me llames acertaré a ser si me invocas correctamente, de lo contrario, seguiré siendo yo mismo, y tú solo me verás entre tus tinieblas.

San Juan Bautista, que llevaba de prestado su nombre, era un gran charlatán. O eso dicen. Por lo general; evangelizadores, predicadores e ilustres miembros del Santoral gozan de gran predicamento entre los corderos del rebaño divino, aunque todos usaban de la mentira y engaño como modo de revelar la verdad sobre la vida, que no es más que un breve descanso que se toma la muerte en aguantarnos.

A mi nacer vino a visitarme ella; tasó mi alma según el precio acordado con mis hacedores y, presta, continuó su camino esperando cobrar los intereses más adelante. Conmigo no hizo negocio.

A todo esto, permitidme que me presente: Soy yo mismo.

Los curas de ahora no se masturban como lo de antes. Los curas de ahora ejercitan tanto la pelvis, que cualquier hombre casado el tiempo suficiente como para arrepentirse desearía volver atrás en el tiempo y ordenarse en el Santo Oficio. A los curas de ahora les sobran mujeres casadas insatisfechas con las que mantener en forma su virilidad. Las mejores son las entradas en años sin incurrir en senectud y holgadas en noches de espera, mientras sus cornudos presumen en la barra de cualquier bar sobre sus habilidades conyugales. Las jóvenes se les resisten porque aún sueñan con el varón perfecto, mientras sin saberlo, sus cuerpos se marchitan camino a la sotana.

Yo soy quien tu deseas; sin nombre, voz, rostro ni cuerpo para quedarme a molestar después del ayuntamiento de la carne. Los curas me odian por ello. Insaciables, toda sobranza les termina sabiendo a poco. Dios dijo, pero ellos disponen.

©Gallego Rey

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