Oídos sordos, ojos que no quieren ver

Cuando en 1789 la clase trabajadora francesa (campesinos y burgueses), cansada de soportar a cuenta de su esfuerzo y trabajo los privilegios de la nobleza y el alto clero, inició lo que todo el mundo conoce como la revolución francesa, que devino en la creación del primer estado ciertamente moderno y democrático del cual emanan las democracias modernas occidentales, sus pretensiones no eran la de tomar el cielo por asalto, por muy románticas, épicas o idílicas que nos parezcan hoy la toma de la Bastilla (14 de Julio de 1789) y todos los actos revolucionarios protagonizados por la población civil cansada de tanto abuso de autoridad feudal de la época.

La igualdad, fraternidad y libertad supuso mucho más que un eslogan propagandístico para jalear a las masas en contra de los ”demonios” de las alturas. Supuso el fin de una era y el comienzo de una civilización moderna donde el hombre; individuo y ciudadano, tenía los mismos derechos que cualquier hijo de vecino. La revolución francesa no supuso la toma de ningún cielo en la tierra, ni de ningún privilegio para los ”héroes” de la revolución, sino, mas bien al contrario, supuso  el asentamiento de las bases sobre las cuales orbitan nuestros derechos actuales, al menos en este rincón planetario llamado Europa. Y esos derechos con vigencia plena, irrenunciables hasta que alguien demuestre o proponga otros mejores y más saludables, son los que están en peligro a día de hoy por el ”bobismo” de unos, y la ”nostalgia” trasnochada de quienes piensan que la libertad de los individuos se alcanza vistiendo de grilletes comunistas a los ciudadanos: la igualdad alcanzada en la miseria de ser casi todos pobres al servicio de la minoría extremista de lo absurdo y anti natura. Basta leer Rebelión en la granja, de Orwell, para entender.

Los islamistas del ”Estado Islámico” se han propuesto cazarnos como moscas atrapados en su tela de la araña; uno a uno, en grupos, a tiros, con bombas, cortando cuellos o imponiendo poco a poco sus exigencias religiosas retrógradas en el mismo corazón de nuestras libertades. Y en esa guerra estamos sin querer enterarnos de que ellos son un ejército de fanáticos que nos quieren borrar de la faz de la tierra mientras nosotros discutimos cuantos panes y peces habremos de ofrecerles para que su tremendismo y locura no nos afecte.

Nos ha costado mucho a todos los europeos en general, y a los españoles en particular, llegar a este remanso de paz en el camino de nuestras historias para que ahora claudiquemos ante la barbarie y el horror, el miedo y las amenazas. Pero lo peor, con ser la amenaza islamista radical indiscutible y tremendamente peligrosa para nuestra civilización, está en las mismas entrañas de nuestro colectivismo. Desde dentro de nuestro cuerpo enhebrado con hilo de rencores absurdos y guerras de nuestros antepasados, una parte de nosotros mismos ( porque toda sociedad es una) jalea el disturbio, la confrontación y la negación de un estado social que mejor o peor, con sus defectos corregibles, nos ampara y cobija de locos de atar, aspirantes a reyezuelos y salvapatrias de tres al cuarto.

La alianza de civilizaciones que tanto jalean unos, no se puede llevar a buen puerto cuando una parte es una civilización avanzada y demócrata, y la otra representa la ”incivilizacion” y el camino del revés histórico. Ayer, en la cuna de nuestros días de democracia, los representantes de la barbarie religiosa nos golpearon a todos, sin piedad ni remordimientos. Ya lo habían hecho antes. Lo hacen a diario lejos de nuestras fronteras, y lo seguirán haciendo hasta que el mundo civilizado entienda/entendamos que no se puede mantener la mano tendida hacia quienes quieren cortarnos las cabezas.

El ”buenismo” de algunos nos empieza a pasar factura. El buenismo de creer que todo el mundo es Bambi; que las fronteras son rayas imaginarias para saltárselas a la torera, el creer que legislar y mantener un orden es pernicioso y recorta libertades. El orden es lo esencial para el sostenimiento de una civilización. Sin orden, el caos y la anarquía.

Los derechos inalienables de las personas a vivir en paz y libertad no se pueden perturbar por el fanatismo de unos, la estupidez de otros, o las ansias de juegos de guerra y revoluciones porque sí. Si queremos defender nuestra libertad hay que marcar líneas bien definidas para delimitar nuestro territorio; que es la democracia y el respeto hacia los demás. Y quien no consienta vivir dentro de esos parámetros no puede ni debe merecer nuestro respeto y apoyo. De ningún tipo.

No cabe pues dar ni un paso atrás que menoscabe nuestros principios de libertad y autonomía individual. Quienes quieran librar a los fanáticos de su locura son bien libres de hacerlo, pero lejos de nosotros. Quienes quieran iniciar una vida en comuna, al estilo soviético del pasado siglo, que lo hagan, pero lejos de nosotros. En democracia no cabe todo, por mucho que se estiren los argumentos: o hay libertad, igualdad y fraternidad, o al cuento le ponemos otro título y a otra cosa. Muchos dirán que mi argumento es fascista, retrógrado y tal, quizás porque en su imaginario no contemplan otra visión del mundo que ese ”buenismo”, ”bobismo” o comunismo sin comunismo, que viene a ser lo mismo que las dos primeras cosas. Pero yo les digo que por no querer oír ni ver, algún día sentirán el filo de la navaja sobre sus cuellos, o el calor de muerte de un fusil apuntando a sus cabezas, que son todas y cada una de las nuestras. Y cuando eso ocurra por no poner el antídoto a tiempo, por sus mentes quizás aparezca un atisbo de arrepentimiento tardío, una renuncia pasada de hora a sus delirios de querer salvar a los locos de su locura, a la muerte de seguir matando.

@mareaxenaterra

 

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