El Espejo.

El espejo, cansado de tanta hipocresía, hace tiempo que no refleja las ilusiones perdidas de la mentira. La casa vive deshabitada de muebles que se han perdido entre empeños, préstamos a la usura o que, simplemente, han dejado de aparecer ante la falta de ojos que les diesen sentido. Sólo sobrevive el ataúd de la familia, hecho en magnífica madera de roble bien tratada. Su presencia todo lo llena en el vacío inconstante que dejan los muertos que apellidan nuestros nombres.

Sobre la repisa de la chimenea, hecha de piedra para perdurar, una carta roída por el silencio espera al destinatario que ha de leer nuestras últimas voluntades. El fuego ha destruido el resto del misterio y de los rescoldos sólo quedan las cenizas. En la carta se dice todo lo que hay que hacer para cumplirlas, cuando la leas sabrás el qué, pero no antes de que nazcas. Aún no.

Recuerdo mi imagen vista en el espejo, de cuando joven: esbelto en la mirada de mis ojos de narcisista; guapo en apariencia; perfecto en la soledad antes de que llegara la luz traidora de la verdad y que mi cuerpo, descompuesto ante el engaño, se fuese pudriendo. Fue al llegar ella y enamorarme locamente. A la muerte, cuando te promete la eternidad no es fácil ignorarla, y menos aún evitar enamorarse de su rostro para siempre. Claudiqué ante su encanto, por supuesto, y mi corazón latió con más fuerza que nunca, aunque el espejo, ¡maldito traidor!, no quisiera reflejar la dicha que albergaba mi alma y sólo me devolviese imágenes crueles de un monstruo repugnante con cara de muerto, con cuerpo de muerto, con sonrisa de muerto…

No lo pude destrozar por falta de pruebas y testigos, aunque sé que sentía envidia de mi éxito, así que nos ignoramos mutuamente mientras la casa, alimentada por nuestro mutuo desprecio fue desprendiendo poco a poco olor a desdicha y abandono. Mis amigos, como nunca los tuve, no respondieron a la llamada de auxilio. Tampoco la hice; la muerte y yo nos bastábamos para sentirnos solos el uno con el otro. Suficiente.

Así fue pasando el tiempo, y como vi que no me llegaba la eternidad para arreglar mis asuntos, dejé escritas mis últimas voluntades en esa carta que te digo, a salvo de todo, incluso de mí mismo. El espejo añadió las suyas en un aparte, aunque las ignoro…

A veces me siento tentado de mirarme una vez más en él, pero la pereza me puede y no salgo del ataúd. Intuyo que también él desea verme de nuevo, pero calla por orgullo y se mantiene intacto en su soberbia, sin una sola grieta o roto que distorsione el momento del reencuentro.

Por ella no me preguntes, me abandonó el mismo día de desposarnos para ir en busca de otros, pero de eso hace mucho y apenas me duele ya. De ti espero un poco más. No es que te exija nada. Con tu vida me basta y que ocupes mi lugar en el entierro. Cuando llegues, por cierto, ajustaré cuentas con el espejo, que tendrá que soportar verme  reflejado en tu mirada. Ya verás qué hermosa te verás en la muerte y lo celoso que él se pondrá. Lo he dejado todo dispuesto.

@mareaxenaterra ©Gallego Rey

 

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