Una historia de campo

La aldea no estaba tal y como la habían dejado años atrás, cuando aún era un niño. Ni mucho menos. Estaba peor. La falta de gente joven se hacía notar incluso en los pequeños detalles. A excepción de la calle mayor, que tampoco estaba para tirar cohetes, las demás callejuelas acumulaban olvido para regalar, atestadas de hierbajos y arbustos que se abrían paso por falta de quien les pusiese freno. Las cancelas estaban medio rotas o siniestro total, y lo raro era encontrar adoquines en su sitio. Los bancos de madera de la alameda resistían en pie, más por inercia que por otra cosa, y en conjunto, el todo era un desastre. La mayoría de las casas estaban deshabitadas desde el éxodo masivo de los lugareños a las ciudades, a mal vivir. Era milagroso que aún se mantuviesen en pie, pero la piedra era buena y mejores quienes las habían edificado, que sabían el oficio de la paciencia y las cosas bien hechas. Las personas caían antes, pensó, y aún así algunos locos tontos del capirote se atreven a seguir viviendo aquí. Algunos locos tontos del capirote como ahora yo, apostilló para si mismo.

Se presentó en casa de su tío Teo a la hora en punto de la cena. Sentados ya en torno a la mesa se encontraba toda la familia: su tío; su esposa, y una sobrina de ésta que vivía con ellos desde hacía unos años. Rosalía se llamaba. La familia no daba para más, y gracias.

Nadie le dijo ni una palabra de bienvenida, apenas lo miraron, y si lo hicieron fue mas por fastidio que por otra cosa. Rosalía, en un gesto de casi buena educación, le indicó con bruscas palabras el lugar que debía ocupar en la mesa, y ya no abrió más la boca salvo para ingerir “la suculenta” cena a base de pan, chorizo crudo, morcillas y queso. No se escatimaba en gastos y tiraban la casa por la ventana para celebrar su llegada. ¡Ay Lázaro de Tormes, qué bien comiste cuando pudiste!

La cosa estaba cruda, se podía decir que eran pocos y les había parido la abuela. Seguro que al día siguiente, cuando le entregase al tío la bolsa de caudales que su padre le había confiado para él las caras cambiarían. De momento, se conformaba con que lo acogieran. Aquel lugar era tan lúgubre y siniestro que no le agradaba tener que pasar a solas la primera noche en la vieja casa de sus padres.

Al terminar la cena y con la excusa de estar cansado por el viaje, preguntó a su tío en qué habitación se alojaría, para retirarse a descansar. El viejo hombre al escuchar semejante pregunta lo miró de una forma tan despectiva que le heló la sangre.

-Tú dormirás en la habitación de invitados, o lo que es lo mismo… en la cuadra de los animales con Rosalía, y ya de paso mira de empezar con buen pie y le echas a la zagala un par de polvos, que yo ya estoy mayor para esas cosas. A ver si por fin se cría algo decente en este asqueroso lugar que no sea miseria.

La cosa no iba de guasa a pesar de la sonrisita de su tía. Comenzó a darse cuenta de que la idea de ir a vivir al pueblo para tener un poco de tranquilidad y poder así al fin escribir su novela no era tan buena. Lo mismo la novela era él y sus aventuras campestres, pero la cosa no empezaba nada bien. No señor.

Sin rechistar cogió su macuto y se dirigió a la cuadra. Antes de salir escuchó a su tío que le decía: – A las cabras no, que esas ya tienen un buen cabrón que las monte, tú dale a la Rosalía, que buena falta le hace a la criatura un buen picholazo…

Aquello era de locos. Camino a su “suite” encendió un cigarro, miró al cielo, y en silencio empezó a reconocer que su padre tenía razón; aquello no era para gentes de ciudad y su tío estaba peor de la chaveta de como se lo había advertido. Fumó intranquilo el cigarro, elucubrando cómo sería dormir en una cuadra en medio de los animales con una muchacha al lado a la que su tío le había ordenado echarle un par de polvos. En la cuadra por supuesto olía a ganado que tiraba para atrás, y cuando quiso entrar y encender alguna luz no encontró donde se debe interruptor alguno. Una voz a sus espaldas lo persuadió de seguir buscándolo, – aquí no hay luz eléctrica, si es eso lo que buscas-. Era Rosalía, que además portaba uno de esos farolillos o quinqués a gas mas antiguos que el Padre Nuestro. La muchacha abrió el camino con la seguridad de saber por donde se camina, y él la siguió como un perrito abandonado recién rescatado de su destino. Al menos las cabras, ovejas, vacas y a saber qué más espécimen había en la cuadra lo recibieron con más expectación que su propia familia. Al final de la nave unas escaleras llevaban a un altillo donde Rosalía, para su sorpresa, había acomodado una habitación austera pero limpia y ordenada. Una cama del año la polca, un armario a juego de baile y dos sillas lo eran todo. Le tocaría dormir en el suelo, pensó. Pero una vez más la voz de la muchacha retumbó en sus oídos.

-¿Qué parte de la cama te gusta más, la derecha o la izquierda?

La miró con incredulidad y sorpresa, pero en el rostro de ella y en la manera de preguntar se dio cuenta que la cosa era seria.

-Tranquilo, no me molesta, si el tío dice que unos polvos, pues habrá que obedecer. El pobre hace un par de años que no funciona en la cama, y yo de hacerlo con los animales ya estoy harta, necesito un hombre, así que dejemos de perder el tiempo que una servidora se levanta a las cinco de la mañana para atender a los animales.

Ahora sí que lo de parir la abuela era cierto. Parece que el primer capítulo de su novela ya estaba escrito, y sin necesidad de papel y bolígrafo. Si el tío decía que unos polvos, pues unos polvos. El par justo. Esa noche aunque hubiese querido el cuerpo ya no le daría para más. Pero eso sí, ¡qué dos polvos!

El guión de su novela transcurría en el campo. En principio quería enfocarla como un relato de misterio o quizás terror puro y duro, pero empezaba a pensar que el género erótico/campestre también tenía su aquel, y más cuando por la mañana lo despertó su tía, que sin cortarse un pelo ni decir media palabra se introdujo en la cama con él. La muy zorrona se conoce que también acumulaba ganas, aunque se limitó a hacerle una señora paja. – Sólo quería comprobar si la munición estaba en regla antes de disparar-, le dijo antes de advertirle que su tío lo esperaría a medio día para comer y hablar de ciertos asuntos… Ella tenia cosas que hacer, pero no dudase que, tras la comprobación de que la pólvora estaba en perfecto estado, ya llegaría el momento de pegar unos tiros.

Eso fue el acabose…

©Gallego Rey @mareaxenaterra

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12 Comentarios

  1. Es que ya se sabe los aires campestres anima a la caza del pichón. Bromas a parte, me ha gustado la descripción del pueblo y la familia, conforme leía veía una película en blanco y negro de la España de posguerra. Esperemos que el escritor no acabe solo fornicando y olvidando las palabras de sus relatos.

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