Yo también amé a la Quimera

La noche como razón áurea,
por su faz, semejante a la luna,
habría yo de contemplar la desdicha,
conmovido, muchacho imberbe,
encadenado a la retina taladrada y fugaz
de una sorda mirada de a pesar de todo,
tristeza…

Sí, yo también amé a la Quimera;
su aroma y arrogancia,
su endiosada naturalidad sobre lo imposible;
cándida y esposa de tantos,
prueba y error de lo inconcebible,
nada más poderosa que el engaño vagabundo
de radiantes ilusiones y tiernas promesas fingidas.

Sí, debí hacer creído al ígneo
revelador de las desdichas, clamando,
clamando en mis sienes como un eco escandaloso:
no es para ti, mi dulce Apolo.
Pero yo le contestaba que si esa luna me quisiera
hallaría en mi corazón un latido que me desmintiera
el estar muerto de pena por no quererme.

Y todos nos reímos por mi osadia;
el silencio y yo,
y ella, diciéndome adiós, burlesca,
sin ni siquiera haber llegado a mi vida.

©Gallego Rey.

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