Deconstruyendo el Amor

Necesitaba desnudarse del todo de aquel vicio que la estaba matando. Lo necesitaba muerto; en sus recuerdos, muerto; en los poros de su piel, muerto; en el aire que respiraba, muerto; en cada rincón de aquel apartamento, muerto…

Comenzó por demoler toda la peste atragantada por su recuerdo, tirándolo todo: ropa, calzado, libros, muebles, ventanas, puertas, paredes, baldosas… Todo. No dejó nada de él que pudiera sobrevivir a más llantos y dolor, e incluso el vacío resultado del ajusticiamiento de la memoria le parecía escandalosamente similar al vacío en su compañía. Había muertos, jodidamente muertos, que se resistían a morir.

Cuando hubo finalizado de arrastrar su decadencia a un lugar más neutro, con todo su anterior debe y haber resuelto por las bravas, su mundo del derecho por una vez y sin él, por fin si él, se desinfló para adentro subcionando todas las emociones contenidas, quejas y reproches que le quedaban, para luego, como un volcán en erupción, expulsar tosa la mierda con un aullido liberador de fin del mundo.

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Y el eco le devolvió la sonrisa olvidada enterrando al muerto en el abismo de los muertos cabrones, donde quiera que se entierren. Ahora había que vestir aquel solar  por fin deshabitado de amarguras, celos y peleas, cubriendo la vacante con el perfecto ideal de cuento de hadas. En su bolso tirado por el suelo escarajado había un número de teléfono, y tras la cifra mágica de la combinación ganadora una sonrisa perfecta de ojos marrones, pelo castaño, metro ochenta y pico y un tipazo de cuerpo de bomberos. Y tenía nombre, no era irreal.

Marcó con decisión el número agraciado con un pasaje al nuevo amor verdadero en el teclado de su teléfono móvil. Darío, te necesito, ven a buscarme, o, hola Darío, soy Eva, ¿Te acuerdas? Sí, la chica del otro dia en el Pub Josi’s, quedamos en llamarnos y… Los pitidos de la marcación sonaban al unísono en el teléfono y en su corazón, le temblaba el pulso y tenía la garganta como una lija. ¿Podría hablar o las palabras brotarían como el sonido de uno de esos viejos discos de pizarra rayados?

-Hola Eva, ¿Cómo estás? Creí que te habías olvidado ya de mí.

¡Que si se había olvidado ya de él! Le temblaron las piernas y el estómago le hizo un nudo en la garganta. Se acordaba de ella, de su nombre, y lo mejor, la estaba esperando…

-¿Darío? ¿Pero cómo sabes quién soy? – Al otro lado del micrófono del amor resonó una carcajada.

-¿No te acuerdas? Yo te di mi tarjeta y tú tu número de teléfono que memoricé en el mío, en el apartado de mujer de mi vida…

De repente se le paró el mundo, la rotación de la tierra, las leyes gravitacionales dejaron de existir y su cuerpo flotaba en un limbo de colores. Y el coño se le hizo Pepsi Cola, claro. La mujer de su vida…. Para un observador neutral Eva era ahora la calcomanía de Dña. Florinda, la enamorada del profesor Girafalez en El Chavo del 8. Y a tomar viento el viejo clavo que con otro se quita.

La conversación, como toda conversación entre enamorados en celo carece de interés salvo para los enamorados, que no se hablan ni escuchan racionalmente y todo es imaginación perfecta. Pero mientras se balbuceaban arrumacos dialécticos y empachos de galantería, había comenzado a vestir de nuevo el apartamento con su imaginación: un loft con nuevas baldosas para el suelo; techos de escayola con pinturas murales de un amigo suyo grafitero que hacía unos dibujos que te cagas; tan solo un espacio cerrado: el del cuarto de aseo, que además incluiría una gran jacuzzi con barra de hidromasaje; cocina americana y, en un fondo, una gran cama de matrimonio bajo un gran ventanal estilo rascacielos norteamericano, con cristales tintados para poder ver sin ser vistos. Grosso modo estaba redecorando su mala suerte en las relaciones, su puntería para dar siempre en la diana equivocada y escoger o ser elegida por el pringado o chuleta de turno. Sus acaudalados padres pagaban la fiesta y cada acto de demolición y vuelta a empezar. Al menos no se drogaba, decía su madre para justificar la endeblez de su hija. Ni era puta.

Las baterías de los móviles también se agotan, y tras los avisos de rigor, muy a su pesar y sintiéndolo mucho, había que concretar después de haberse relamido ambos con frases de Cupido. ¿Por qué no nos vemos esta misma tarde? Estoy redecorando mi apartamento y necesito ideas… Tú el otro día me dijiste que vivías en un piso compartido y quizás… ¿A las cinco? Sí, estupendo, genial. Luego te invito a cenar, si no te has cansado antes de mí… Jajaja, cómo eres, Darío. Chao, besos. ¿A las cinco, verdad? Nooo bobo, estaré, cómo te voy a dejar colgado con lo majo que eres… Besos otra vez, cuelgo que se acaba la batería. Siiiiiiiiiiiiiii.

Le daría tiempo a ir de shopping, o a casa de papá y mamá a cambiarse de ropa y luego ir a la peluquería. Tenía que advertir a su padre para que sin demora enviase una cuadrilla de albañiles, fontaneros, escayolistas, electricistas y todos los istas necesarios para tener en tiempo récord su loft a punto. ¡Dios, cómo pudo antes haberse enamorado del imbécil de Luis! O de aquel tal Carlos, o del Jamaicano que vivía de gorra a cuenta de bobas sin personalidad que querían experimentar nuevas movidas alternativas. La lista de gilipollas que no habían sabido ver en ella lo dulce y maravillosa que era podría empapelar una vivienda entera. Pero Darío… Qué nombre más hermoso, le sonaba de alguna película o algo así. No, tal vez lo confundiera con un tal Rubén, un pintor que se llamaba Darío Rubén y que a su madre le encantaba. Tendría que pedirle que le regalara alguno de sus cuadros. Azul… Le sonaba mucho un cuadro famoso que se llamaba así.

Salió pitando a la calle, casi en volandas sin tocar el suelo al caminar. La vida, ahora sí, le parecía maravillosa y no entendía cómo había podido tomarse esos berrinches por culpa de Luis. ¡A la mierda, por gilipollas! Ahora tenía o tendría a Darío, ¡dónde va a parar!

Mientras, en otro hilo telefónico, ese tal Luis se reía a carcajadas con su amigo Darío:

– No sea imbécil y aprovecha, pero no te enamores, es para sacarle todo lo que puedas mientras puedas, y a otra cosa. Está como una cabra y no deja de ser una niña bien de papá con mucho dinero y pajaritos en la cabeza. Además, como toda “pijales” no sabe follar. Aprovecha, amigo mío, y luego pásala a otro colega, haz como yo…

-Bueno, sí, ya hablamos y te cuento. Gracias por todo. Voy a ponerme guapo para la ocasión. Nos vemos, colega.

Pija o no, loca o cuerda, rica o pobre se había enamorado de ella y no permitiría que nadie volviese a hacerle daño.

 

@Gallego Rey. @mareaxenaterra

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12 Comentarios

  1. – No sea imbécil y aprovecha, pero no te enamores, es para sacarle todo lo que puedas mientras puedas, y a otra cosa. Está como una cabra y no deja de ser una niña bien de papá con mucho dinero y pajaritos en la cabeza. Además, como toda “pijales” no sabe follar. Aprovecha, amigo mío, y luego pásala a otro colega, haz como yo…
    Qué fuerte!! lo peor es que es REAL ese pensamiento…se lo he escuchado decir a varias personas…

    Excelente tu texto. Felicidades

  2. Reañmente bueno, “intatuation” una pañabra inglesa que me encanta, es algo así como estar enamorado del amor, de ese peroodo de enamoramiento lleno de quimica y hormonas, que tanto nos gusta que nis lleva de uno a otro caos… Excelente, sobre todo para creer que pese que hay mucho Luis, puede existir algun Dario.

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