Metáfora de una vida

Se me fue la mañana sin billete de vuelta, las horas quebradas me hicieron de viejo, amargo, y me caí del árbol como fruta olvidada.
Escupí el sabor a tierra y ella me devolvió la caricia, pero mi piel sofocada no entendió que la brisa ya no era mi aliada y torpe y marchita maldijo su nombre.
Una lágrima triste y solitaria se escapó de las nubes y asistió a mi entierro, los pájaros, los últimos de otoño, me buscaron con ansia pero no recuperaron el nombre que nunca tuve.
Así, en el lecho de tierra entendí mi destino sin lápida y vagué por un tiempo en soledades soñando un retorno. No supe entender el camino hasta que de nuevo la brisa maldecida se apiadó de mi alma y me señaló el horizonte. Con la alegría prestada trepé todo lo alto que pude para dar gracias por vivir. La tierra me anclaba a su cuerpo como tributo por la resurrección, pero mi nombre encontrado lucía lustroso y mi piel rechazada era ahora corteza de sabia naturaleza.
Otros a mi lado aplaudieron mi destino; entonces comprendí que hay que aceptar morir para poder vivir.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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