Diario de un hombre a mi pesar: La derrota.

Al llegar a la puerta observó que alguien se había dejado la llave por fuera en la cerradura. Estuvo tentado a entrar sin llamar, pero se contuvo por temor a las consecuencias. Llenó de aire sus pulmones y pulsó el timbre para avisar de su llegada. Con el sonido del aparatito, su corazón se lanzó a una carrera de pulsaciones que lo sumió en un profundo estado de ansiedad. No sabía qué se encontraría ni las consecuencias de aquella visita, pero el primer paso estaba dado.

Observó a través de la cristalera de la puerta principal como al otro extremo alguien abría la puerta de madera que separaba la cocina del recibidor. Supuso que aquella figura sería la de su madre que, a buen seguro, no sospecharía encontrárselo allí plantado. La figura abrió confiada la puerta de la calle sin preguntar quién había llamado y, en efecto, era su madre quien se encontraba enfrente con una expresión que no necesitaba palabras para expresar su sorpresa, su rostro desencajado mostraba que aquella visita no era de su agrado.

-¿Qué haces aquí?- Le preguntó con firmeza. Sus ojos demostraban todo el asco que sentía por él, su propio hijo.

– He venido a despedirme, me voy de aquí en apenas un par de horas y creí oportuno que lo supieras.

-Te has ido tantas veces ya, que una más no extrañaría a nadie, así que por una vez bien pudieras cumplir con tu palabra e irte, pero para siempre.

Su madre reafirmó así su indiferencia hacia él, y, con actitud de desprecio bien medido, le dedicó una sonrisa sarcástica.

– No te preocupes, esta vez te cumpliré el gusto. Me voy a Canadá con una empresa de prospección petrolífera, he firmado por cinco años para trabajar con ellos y no tengo intención de regresar. Sólo pasaba para decírtelo y que te quedases a gusto, supongo que no nos volveremos a ver. Adiós madre.

Ella le cerró la puerta en las narices como única contestación, él pulsó inmediatamente el timbre para advertirle que la llave estaba en la cerradura. -Vete al diablo- la escuchó gritar al otro lado de la puerta.

-¡Vete tú a la mierda, zorra! Sólo quería decirte que tienes la llave en la cerradura

Su madre abrió la puerta para comprobar que era cierto, retiró la llave de la cerradura y volvió a cerrar la puerta, esta vez con virulencia. Su visita había terminado con las consecuencias predecibles: su madre nunca lo había querido, ni él había ayudado a que lo quisiese.

Hacía frío en la calle y seguro se pondría a llover en seguida. Las nubes amenazaban tormenta, así que se caló bien la gorra de marinero que tanto le gustaba, abotonó hasta arriba el chubasquero y con las manos en los bolsillos dio media vuelta y emprendió su camino hacia la carretera general. No tenía prisa ni tabaco para aplacar la ansiedad provocada por aquel encuentro. Tampoco odio. Sólo llevaba un equipaje cargado de fracasos y una identidad que a nadie importaba ya, como si se moría allí mismo que a ninguna persona le dolería, ni lo reclamarían para enterrarlo dignamente.

Lo del contrato por cinco años había quedado excesivo, pensó. Su madre no se lo había creído, ni siquiera él. Y ese era uno de sus problemas; siempre improvisaba y a las bravas, sin término medio. Así había logrado que nadie lo creyese. Se había convertido en un pobre desgraciado, como le había dicho su ex novia; Maite, la única persona que lo había querido de verdad y a la que él echó de su vida con sus continuas mentiras y falsas esperanzas. Al final lo había dejado para salir con otro, un buen chico trabajador que le daría un hogar, o eso era lo que ella había excusado la noche que le dio puerta.

La lluvia comenzó a caer lentamente sobre aquel desdichado Domingo. Le esperaba un chaparrón de los buenos, pero no tenía intención de buscar refugio. Demasiadas paradas en su vida como para seguir buscando cobijo. Pensó que no le vendría mal mojarse un poco, y quizás, un alma caritativa lo recogiese si se decidía hacer auto stop. Pero de momento le apetecía caminar así, bajo la lluvia, pensando en su vida, en lo terriblemente solo que se sentía y en ese vacío que le alimentaba una pena incomprendida que siempre había sido suya, desde el mismo momento de su nacimiento. Intentó recordar si alguna vez había sido feliz. No un rato o un día entero, sino feliz durante una época prolongada. Feliz como otros decían sentirse. Pero feliz era una palabra que no había llegado a comprender, y mucho menos experimentar su significado. Era un desgraciado. Un hombre solo, joven pero viejo ya de malgastar todas sus oportunidades. Un hombre que lloraba sin saberlo mientras caminaba bajo la lluvia. Un hombre roto por la vida.

Al tercer trueno comprendió que el baño sería prolongado, pero por una vez se sonrió y quitó hierro a las circunstancias de su desgracia. Sus ropas de agua eran buenas y no dejarían traspasar las gotas de lluvia hacía el interior. Se sentía abrigado por una vez. Un hombre que caminaba bajo la lluvia con aquella decisión no podía ser un perdedor, se dijo a sí mismo. Además, por una vez tenía muy claro la dirección a seguir: hacia ninguna parte, como siempre había hecho durante toda su vida. Así que caminó con toda la decisión que un hombre solo y derrotado puede llegar a tener. Caminó tanto, que con sus pasos consiguió borrar todos los recuerdos de su vida y ya nadie supo jamás si en verdad alguna vez aquel hombre había existido.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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