Maldita mala suerte.

En el viejo cesto de mimbre roído por la miseria hay mas gusanos que castañas que llevarse a la boca. En la chimenea, lo que queda de un tronco de pino tantea la oscuridad con una leve brasa, azuzada con desgana por quien sólo tiene ojos para unas lágrimas ciegas, de las que brotan del alma y ahí se quedan, refugiadas en el interior de quien las llora, horadando de pena corazón y recuerdos como sólo una madre sabe apenarse ante la marcha de un hijo. A su lado, ambos sentados en el mismo banco de madera, su marido lía eternamente un cigarro con astío, con la mirada puesta en el barril de vino vacío, en el vaso también vacío de vino y en un futuro próximo lleno de borracheras que celebrar sin que sea de fiado. Con vino del bueno.

Un trueno se oye a lo lejos, luego le sigue el rayo que desnuda con precisión la pobreza que la noche disimula en aquella casa. Lloverá. Lloverá esta noche sobre todo lo llorado.

María, la menor de la familia y la niña bonita,un tanto ajena a la tristeza del momento, recrea con una vaga felicidad su próximo futuro en la escuela, con los demás niños cuyos padres pueden permitirse pagar al maestro. En realidad muy pocos. María juega a ser maestra, sin que se sepa de qué ancestros le vienen las ganas: lee a sus alumnos imaginarios un cuento que ella misma ha inventado, mientras escribe en el suelo, deletreando y como puede, con un palito, su nombre y apellidos. Es la unica que sabe algo de letras en aquella casa. Su hermana mayor, Concha, ni de letras ni de números sabe nada. Ayuda a su madre en lo que le manda y está dispuesta, que es poco, mientras reparte sus escasas luces entre papar moscas y pensar en Justino, su enamorado con el que piensa casarse, si él primero se decide a pedirle noviazgo y cuando pasen varios años. De momento se conforma con imaginar que en el próximo baile podrá llevar ropa y calzado de estreno, así en cuanto el hermano recién partido hacia Alemania empiece a girar buenos marcos, como el hijo de la Basilisa, que lleva ya dos años yendo a trabajar al extranjero y se nota en los dineros que les manda a sus padres todos los meses.

– Parece que va a caer una buena -, dice el padre a tiro muy pasado de trueno y rayo cuando en la calle jarrea de lo lindo desde hace rato. Nadie contesta a la evidencia. La madre se atreve a llorar como dios manda, al fin, quizás para hacer juego con las nubes y sus lágrimas. También llora el padre, en menor medida y por echar en falta un vaso de vino.

– ¿Y cuándo va a volver Fernando?- Pregunta la pequeña acordándose de repente de su hermano mayor, al que el destino ha colocado en un autobús ALSA camino de Munich, como al que le ha tocado la loteria.

– Pronto hija, pronto-. Miente la madre con el corazón roto de pena.

– Esperemos que pronto mande dinero- replica el padre pensando que sin vino no se puede vivir, y que hay que devolver el dinero del “empréstito” al señor cura para el billete de autobús, el taxi hasta la capital y un poco de efectivo para el viaje de Fernando, quién lo rescatará de tener que mendigar todas las noches un chato en la taberna.

– Pues si manda dinero pronto- , dice Concha, – hay que acordarse que para el baile de San Juan necesito ropa y calzado, no voy a ir con lo que tengo.

– Quítate de la mente esas ideas tan tontas, que sin duda has salido a tu padre en holgazana y en pensar en fiesta todo el Santo día. De aquí a San Juan todavía queda mucha hambre que pasar en esta casa, y a según tu hermano nos mande lo que pueda, hay que pagar primero al cura y luego al maestro para que tu hermana no nos salga tan tonta como tú -.  Concha bufa de ira pero no replica a su madre, que es de mano ágil cuando la ocasión lo requiere.

– ¿Entonces es cierto que podré ir a la escuela?- Pregunta María.

– Claro que sí, para eso entre otras cosas tu hermano se ha ido muy lejos a trabajar, a donde las personas hablan muy raro, pero pagan muy bien el jornal, y a donde uno que yo me sé pudo haber ido hace tiempo pero el señorito decidió quedarse amarrado al vaso de vino. En todos los pueblos hay un tonto, un holgazán y un borracho reconocidos. En el nuestro tenemos a tu padre que es tres en uno…

– Tengamos la noche en paz Severina, no sea que…

– ¿No sea qué…?

Sin vino ni hombría para lucir los pantalones bien puestos era mejor callar ante la ofensa.

– ¿Por dónde irá ahora Fernando? El del taxi nos dijo que era un viaje bien largo, de más de un día con su noche. ¡Ojalá llegue pronto y nos mande el dinero que a todos nos hace falta!

Aquella pregunta y aquel deseo de Concha los activó de nuevo a pensar cada uno en lo suyo: en el bien común y de su hijo la madre; en los libros y la escuela la pequeña Maria; en la falta de vino el don nadie, y en gastar en ponerse bonita para el baile de San Juan la lerda.

– ¡Qué desgracia, por Dios! ¿Seguro que no habrá supervivientes, mi Sargento?

– ¿De éste accidente? Lo dudo. La caída por el barranco y de seguro unas cuantas vueltas de campana es mortal de necesidad. Y a estas horas de la noche sin medios ni personal poco podemos hacer aquí más que esperar al alba para rescatar los cuerpos de esos desgraciados.

– Era un autobús de los que llevan emigrantes a Alemania, según he escuchado.

– Eso ha dicho el Teniente. Que Dios los tenga en su gloria.

– Bueno mi Sargento, yo aún tengo esperanzas…

– Ojalá tus esperanzas se vean recompensadas, pero tiene la peor pinta posible.

Notaba un frío terrible. Lo notaba en su cara. Del resto del cuerpo no tenía noticia alguna. El accidente lo había cogido despierto, de pie, en el pasillo del autobús fumando un cigarro. Un frenazo brusco, el autobús zigzageando por la carretera, de repente un abismo y un primer vuelco que lo despide al exterior traspasando una ventanilla. Esto no entraba en el guión. Oía voces que le llegaban desde lo alto, pero muy lejanas, como murmullos. Tal vez fuesen chillidos que se desparramaban por la noche y le llegaban a él moribundos, exánimes. ¿Estaba loco o muerto? A saber.

Muerto no, pero en proceso. El fuerte golpe contra el suelo le había destrozado la columna dejándolo tetrapléjico. Otro golpe fuerte en la cabeza había provocado un pequeño derrame cerebral que no tardaría en sellar su fin de trayecto. ¡Qué ironía!  Pensó. Ahora que se habría una ventana nueva en su vida por donde escapar de la miseria y ayudar a su madre y a la niña, y mira por dónde el demonio estaba haciendo de las suyas; jugando con las vidas de unos pobres a los que no sólo arrebataba un alma, sino el futuro.

– ¿Qué estarán haciendo ahora? Es tarde y seguro que se han acostado ya ¡Qué  disgusto se llevará mi madre!

Y así se fueron apagando sus ojos, sin fuerzas más que para llorar lentamente la desgracia de María de no poder ir a la escuela, con lo ilusionada que estaba, y la de su madre al perder un hijo y quedar en deuda por ello, y la de su padre y el vino perdido, y la de Concha por seguir vistiendo con lo viejo…

En el viejo cesto de mimbre roído por la miseria ya no quedan castañas que llevarse a la boca, y los gusanos visten de negro riguroso.

Gallego Rey. Derechos Reservados.


 

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Elogio a la crítica

No hace mucho critiqué un artículo de opinión que había llegado a mí vía facebook. Mis palabras, como no sé decirlas de otro modo, fueron contundentes: un insulto a la inteligencia y que me esperaba mas de la autora después de haberme ganado con su prosa celestial con un artículo sobre Cuba. Sublime, por cierto.

Otra persona de las muchas de piel fina que pululan por este mundo hubiese reaccionado de forma enrabietada y furiosa, iniciando un debate tan estéril como malsonante. No fue el caso. La gente con clase, por mucho que le duela una crítica, y por muchas ganas que tenga de ponerle las peras al cuarto, sabe que de una crítica hay que saber separar lo que es la propia crítica a un escrito, trabajo, acción, opinión etcétera, de lo que sería un ataque personal y gratuito. Si no se da lo segundo y la crítica es sólo eso, una crítica, por muy injusta o dolorosa que nos parezca, siempre debe servir para crear un sano debate. O no. Se puede pasar del tema y santas pascuas.

Yo he aprendido mas de las críticas que he recibido que de los halagos. Y créanme si les digo que he tenido “maestros ” en esta vida que no regalaban nada, ni la mas simple muestra de afecto.

Hoy en día criticar ciñéndonos al acto puro, sin entrar en valoraciones personales se está convirtiendo, como diría Pérez Reverte, en un asunto de honor que traspasa lo criticado estrictamente para convertir el supuesto/a ofendido la cuestión en personal.

Yo elogio la crítica por muy necesaria. Elogio a la gente que no se esconde entre la multitud para gritar aquello de qué bello es el traje nuevo del rey cuando todo el mundo ve con sus ojos que en realidad va desnudo. Elogio incluso el derecho a equivocarse y saber rectificar. Miren ustedes, esta persona a la cual le critiqué ese artículo en concreto, hoy en día es una de las personas que mas respeto, cariño y admiración provocan en mí. Y me ha callado a base de escribir auténticas gozadas. Algunas de sus amistades me dijeron de todo, por cierto. Siempre hay quien Quijote justiciero ve gigantes donde sólo hay molinos.

El caso es que nos estamos acostumbrado a creernos en el derecho de no recibir crítica alguna, y cuando las recibimos reaccionamos por la vía de lo personal. Y en esto del mundillo literario, como en general en cualquier mundillo artístico, las flores son veneno y la crítica una ofensa. Hay tanta gente ahí fuera arrogándose el derecho a loar el traje que no lleva el rey desnudo, que compiten entre “ellos y ellas” por ver quien hace mas y mejor la pelota. Pues no.

La crítica es tan necesaria como enriquecedora, incluso la mas virulenta, siempre y cuando, como he dicho, no traspase al plano personal. Y en ese sentido me siento huérfano de lo primero y millonario a la hora de recibir insultos y descalificaciones.

Tengo fama de pendenciero por criticar lo que considero basura. No la tengo así de ilustre crítico cuando comparto, divulgo y alabo el trabajo que considero bien hecho. Y es curioso porque la proporción es de cómo mínimo cinco a uno a favor de la alabanza contra la crítica. Pero eso no se ve.

Yo no soy mucho de resolver cuitas personales vía redes sociales sin dar oportunidad a las personas a defenderse de mi mordaz lengua, entre otras cosas porque me han enseñado que lo que no tenga a bien decir a la cara no lo diga a las espaldas. Así que este “gilipollas”, que muchos piensan que busco minutos de gloria, como si discutir en un foro de internet glorificase a alguien, seguirá criticando dentro del orden. Y además debo añadir, aunque esto debería estar sabido, que la diferencia elemental entre criticar y llamar gilipollas a alguien está tan clara que no me es desconocida. Cuando yo quiero llamar gilipollas a alguien procuro hacerlo de forma que se entere primero la persona indicada y no le tenga que llegar de segundas, y además sin esconderme. Esa es la diferencia entre ir de cara y actuar por la espalda.

PD- Esta entrada está dedicada a quien por falta de agallas y sobrada cobardía me van insultando a mis espaldas, en especial a Thelma García del escritorio del Búho, y a un tal Frank Spoiler, por no tener lo que hay que tener para con arrojo y valentía decirme a la cara directamente todos esos epítetos que me regalan por la espalda.

El último vals. Relato corto.

Toda la luminosidad del universo parecía concentrarse en aquella estancia. Fue a mi entrada siendo el último de los invitados en llegar cuando los demás reconocieron en mí al portador de sus destinos, y como sucede con las polillas que son atraídas por la luz de una bombilla que ilumina la noche, pero al revés, a una clavaron sus ojos en mi figura de ser oscuro. Y eso que nunca tuve intención de ser centro de atención, tampoco que me reconozcan como lo que soy.

Caminé con orgullo entre todos ellos con paso firme, hasta tomar asiento en el centro de sus vidas. A veces me gusta hacer estas excentricidades de arrogante y cazar grupos de almas para romper con la monotonía del uno a uno.

No recuerdo quién de los presentes había cursado mi invitación, quizás una psique atormentada que deseaba celebrar su última fiesta. Carece en todo caso de importancia. Yo solo hago lo que se hacer sin preguntar razones o motivos, aquello para lo que fui concebido. Así que comenzó a sonar la música; mi música, y las almas de los difuntos allí presentes danzaron al unísono su último vals para mí.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Alzhéimer

En los desvanes – de la memoria – lo inesperado anhela a que todo soñador abra algún día la trampilla de su corazón doliente para jugar con las sombras de ojos lentos, soledad y versos distantes. En los desvanes tocar la nada promete naufragios mientras los fantasmas se enredan entre ellos cantando nanas a las grietas de un espejo sin rostro, y a veces suceden cosas que no fueron, y otras, cuando hay melancolías por celebrar, sucede la impermanencia.

En los desvanes la vida es así de huésped, sin un enero que celebrar y el murmullo por querer decir algo siempre silenciado. Debería estar prohibido deberse la vida en vano. Ahora divago.

El médico me ha dicho que me muero de viejo… ¡Qué carajo! Para él en sus ojos de luto somos todos muertos en lista de espera, y a mí todavía me queda un desván lleno de trastos por transferir, historias aparte. Y un nombre que se borra de la memoria bailando en la cuerda floja. Ya sé que se descuidarán mis piernas de sujetarme, mi boca de alimentarme y de tanta vida ajena observándome terminaré por estar a solas con mi ausencia. Vale, lo acepto pero, qué sabrá el Doctor, si además tengo en mi desván el infinito donde dejaré una tregua y entonces volverá la luz por las calles de mi invierno. Y alguien pintará en mi rostro una sonrisa por los viejos buenos tiempos, al fin y al cabo, el mismo polvo de donde venimos también perdió la memoria cuando se hizo carne y hubo que ayudarle.

Yo solo no puedo luchar contra las estrías de mi corrosión. Me está llamando a la puerta el olvido y ni siquiera recuerdo si he cerrado con llave.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Me quema mi silencio

Deshojando el paisaje de tu cuerpo he pretendido mantenerme en silencio, por eso evito tanto el ruido como la voz jovial de tu insolencia que vibra en arrebatos de encaje y olor a almizcle; dulce trampa para sostenerme sonámbulo cerca de ti. Pero, ¿Cómo callar si tus manos me chillan por todo el cuerpo como buscando diálogo?

Eres como una tempestad húmeda donde se hace inútil resistirse a la condena del Tártaro, e incluso no ser condenado supondría un escarmiento mayor.

No hay aristas de tu ser que no me duelan al rozarme tan parlanchinas, por eso no pares a pesar de todo, haz como si no te escuchara y gritame más. Sin lugar a dudas me lo merezco por no saber aullar en tus labios, ni querer conversación cuando se revuelven las palabras en la punta de mis dedos a punto de volverse locas por no poder tatuarse en tu piel y derramar auroras que nos despierten desnudos, pasando una página de nuestro cuento para empezar inmediatamente a escribir otra.

Me pregunto cuánto tiempo más podré evitar pronunciarme. Me quema mi silencio.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Era tarde

Odio la lógica de la oscuridad que abre crepúsculos con raíces.

Tiembla.

Un amargo encanto cayó atroz sobre tus manos; mendigo, sátrapa. A defender tu luz acuden mis miedos, también los ancianos, las putas y los niños. Poco ejército, cargado además con la culpa de la inocencia. En todo caso, lo que queda para hacer frente a la afrenta de la serpiente y la hembra.

Araña la tierra.

Y coge la manzana agredida por esa culpa y entiérrala. Así la tierra detendrá al tirano que escribe torcido, que roba el sueño de los vientres anegados de esperma.

Huye.

Lo harían los árboles por ti, pero eligieron tener raíces ancladas a la tierra.

Era tarde.

Era tarde cuando aprendí a quererte. No me eches la culpa. Imagíname, en el centro de la noche, sin creación, sin principio ni vida. Necesitaba un dios para justificar tu búsqueda y una mitad hecha de tu costilla. Lo de variar el orden no fue cosa mía. Fueron nuestros hijos, compilaciones precipitadas y sin orden que creen equivocadamente. Mis ojos hundidos en el tiempo ya no los ven… y a ti te maltratan.

Debo volver.

Debo volver, o será tarde para regresar sin ti.  Algunas madrugadas me sorprendo mirando mis manos encantadas, como si un sortilegio oscureciese mi mente. Entonces huyo, pero siempre hacia ningún lugar. Hoy también era tarde cuando vino a visitarme la demencia. Charlamos. Me habló de ti.

Odio.

Odio tanta lógica oscura, y tu silencio. Quizás sea tarde para preguntar por tu nombre. Quizás…

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Inevitable amarte

Nos saludamos. Andabas envuelta en sueños empapada de custodias, esa es la verdad, el eslabón más débil, en apariencia. Luego, nos cruzamos un adiós a destiempo vestido de perdóname, a caballo entre la noche harapienta de mi corazón desterrado y la claridad de tu infinito.

– Sube a mi vivir en calma, camarada.

Me invitaste a soñar, a pesar de todo. Y en ese soñar encontré la ventana de tu sonrisa abierta de par en par que esperaba desde niña a este pobre asustado para desterrar de sus ojos toda tristeza.

– Vendrás conmigo. No lo dudaste ni un instante.

– A dónde, pregunté yo.

– A buscarte entre los dioses heridos.

Pero el odio hace crecer la luz de la noche y me negué a la música de tus labios. Entonces, tú, hábil, asesinaste todos mis malos ayeres que vivían hacinados esperando traidores en mi oscuridad mascullando letanías de nada bueno. Los fusilaste.

En ese momento vi la cordura de mis facciones colgada en esa ventana, y en tu boca mi pretérito nombre ya no se parecía al de tantos otros, sino que sonaba a tu voz de ángel y a victoria: tu victoria.

Nadie supo pisotear mis lágrimas de autodestrucción con tanta delicadeza como tú. Ahora ya es inevitable amarte con mi corazón abierto de par en par. Y lo sabes.

Gallego Rey. Derechos Reservados.