Poesía: “Háblame hermano” de Gallego Rey y “Dicotomía” de Angela Stol

Os presento un interesante trabajo realizado con la excelente poetisa mexicana Ángela Stol.

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Cincuenta años

imagesLe resultaba curioso, pero jamás había peinado a ninguna de sus dos hijas, ni a ninguna de sus  nietas en toda su vida. Los hombres de su generación no se ocupaban de las tareas domésticas, incluido el cuidado de los hijos o nietos, quehacer exclusivo de las mujeres. Eso no se discutía antes, al menos. Y ahora, a sus 73 años, parecía un experto peluquero peinando los cabellos blancos de su dama, la mujer que lo había acompañado en sus venturas y desventuras desde los 23 años. Había llovido…

Ella, sentada frente a un espejo de marco pretérito, quizás incluso del ajuar de boda, se veía reflejada con ojos ciegos, viendo sin ver. Era terrible aquella enfermedad, pero al menos lo tenía a él, que a la vejez se había convertido a la fuerza en un aceptable amo de casa y su cuidador las 24 horas del día. Había aprendido incluso a cambiarle los pañales y a bañarla, maquillarla y alimentarla como si fuese un bebé de tamaño anormal. Lo tenía a él, se repetía mentalmente.

Las manos empezaban a temblarle, y también comenzaban los lapsus de memoria, aunque el Doctor le había dicho que era lógico a su edad. Sus hijas vivían en el extranjero, como quien vive con sus padres enterrados y mandan flores al cementerio por el día de todos los santos, sólo que en este caso, tocaba recibir la limosna de cariño y preocupación mal fingida por navidades, y algún cumpleaños. Así es la modernidad. Las nietas tampoco recordaban tener esos abuelos en sus agendas sociales. Pero lo tenía a él, se repetía una y otra vez.

Estaba especialmente guapa esa mañana, con los labios mal pintados por él y colorete disperso por sus marmóreas mejillas. Estaba guapa para él, que la veía siempre hermosa y radiante, aunque no quedase de ella más que una intención se ser y seguir siendo. Mientras lo tuviese a él, seguiría siendo bella, se dijo, mientras una lágrima se escapaba de sus ojos cansados de mentirse. Mientras su corazón llenaba el tope de latidos de una vida entera y se desplomaba en el suelo, muerto sin decir adiós . Y ella lo veía todo sin ver nada al otro lado del espejo, sonriendo porque él la había pintado así, días atrás, cuando ya no había necesidad de cambiar más pañales, ni bañarla ni darle de comer.

Cincuenta años es mucho tiempo como para quedarse solo a resistir a la muerte.

Gallego Rey.  Derechos Reservados 2016

El horror, en memoria de Edgar Allan Poe

Cuando mueran las orillas en los brazos quejumbrosos de poniente, volaré hacia tu desnudez sin luces ni sombras: con las manos abiertas; el caos en la mirada y un corazón que me aprieta demasiado. Te necesito. En los aledaños de la cordura no hay estaciones de paso donde la desesperación conceda treguas, por eso aguardo desgajado a tener mi cuerpo entre tus manos, cuando la noche apriete, como un fuego apagado que conserva el rescoldo de un lento amanecer para enmendar las jugadas del destino, sin reprender a nadie por mi ventura ni pedir justicia a los días muertos, tallados en copas de vino y burdeles baratos.
Soy lo que fui, sin ambigüedades, ni trastienda donde ocultar a mi Mr. Hyde. Por eso habito en un limbo sin cuna ni sepultura, necesitándote como necesito que llegue el ocaso a poniente, y se mueran las orillas en los brazos quejumbrosos de los hombres. Sin ello no tendré alas para volar y me quedaré en tierra de nadie, con el tiempo pasando fríamente borrando mi memoria.
Sería triste quedarme al margen de la eternidad para sobrevivir para siempre solo, oculto a mi propio horror.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Ahora que hemos roto nuestra ausencia.

Escalaron tus ojos con sigilo
por mis sombras, transitando por mis vidas ajenas hasta romper las máscaras de mis días huecos.
Ya no queda nada de vacío en mi interior que me atormente,
con tu voz, has sustentado cada pétalo de esa rosa perdida en el interior de mi alma para hacerme soñar la realidad, y atar en corto a la luna inquieta que me ronda junto a la mar cada noche,
poseído de ti.

Podría empezar de cero en este instante y olvidarlo todo, como una piedra desnuda latiendo sin dolor ni amarguras, sometida al fuego si fuese tu mano quien diese la orden, y no habría catástrofe que lamentar, pues morir escogería antes que negarme a obedecerte, y no es esclavitud mi devoción, sino una forma libre de amar que cobra vida desde tu vientre de barro hasta las últimas consecuencias.

Me parece justo que nos reconozcamos en el espejo, entretejiendo anhelos, como nubes que se buscan para diluviarse de emoción mutuamente.
Por eso a veces es incomprensible dejarse partir o esquivarse como tontos, como si fuese tan fácil renunciar a quien de ti espera que seas tu mismo.

Gracias por comprenderlo.
Ahora que hemos roto nuestra ausencia, bailemos hasta que resista la noche, y luego,
quedémonos a solas,
que a nadie importa de qué forma nos tatuhemos el uno en el otro cada poro de nuestra piel.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

* Dedicado a quien supo ver entre mis máscaras al hombre normal y corriente que soy.

PD- En este formato es complicado estructurar cualquier poema por las limitaciones que ofrece, por eso los edito como si fuesen prosa.

Noria errante.

Confundí mi mundo con su espera, desarrollando surcos de amargura en las otrora ávidas miradas de nuestros
ojos al buscarse,
así que vuelvo a ti, mi soledad,
cansado y destrozado como el viento incapaz de deshojar pétalos de rosas por amor,
porque la derrota vive donde hay lágrimas desoladas,
dementes,
lejanas a la alegría por esa distancia que marca el reproche de un adiós sin atrevimiento.
Me había vuelto a enamorar de un espejismo, lo reconozco:
otro crepúsculo más sobre mis hombros que resquebrajaba mi cuerpo, pero ya no queda aliento tibio que me sujete a ese engaño,
lo he dejado partir de mi boca reseca, y otra vez vuelta a empezar, como una noria que gira errante:
abajo,
arriba,
abajo,
arriba,
sin tiempo ni para consolarme.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Y si hubiera de nacer en mi pecho

Y si hubiera de nacer en mi pecho la flor de la muerte,
quisiera sentarme contigo
y escuchar entre silencios la canción de una noche que un poeta escribió para alejarme de ti.
Quisiera ver pasar al río último de mis días, y conducirme a la mar como despojo de un sentimiento alejado en la tormenta por el viento que me arrebataste.
Y quisiera por fin,
a lo último,
besar la tierra con mi llanto,
para no ser ni siquiera recuerdos en tus ojos que me lloraron…

Gallego Rey. De La Fragua Del Viento. Derechos Reservados.

“Outro vasiño de aguardiente”

Decididamente, he tomado la decisión de no morir. Nunca. Me produce hastío pensar que pasaré la eternidad vagando por ahí, de un lado para otro con una cadena al cuello asustando a viejas y niños. Definitivamente, no. La muerte para quien la quiera

– ¡Pero Pepiño! Si la muerte es lo mejor de todo.

– ¿No me digas?

– ¡hombre! ¿No pensarás vivir para siempre, dando por saco de aquí para allá, sin pegar palo al agua? Eso sería incluso peor que lo de la muerte y la Santa Compaña. Porque servidora ya sabe que esto no son más que chorradas, y que todos nos moriremos algún día, que si no…

– ¿Que si no, qué?

– Nada, nada. Que Dios se apiade de quien tenga que soportar sobre sus hombros semejante rueda de molino, pero yo, por si las moscas, le encenderé a San Eustaquio una vela para que no permita que tenga que aguantarte para los restos, que con una vida vale, y tampoco está una para tantas tonterías.

– Pues nada, mujer, tú muérete cuando quieras, yo aguardaré a mejores tiempos, si es que decido que algún día me llegue la hora. Por lo pronto, tráeme “outro vasiño” de aguardiente, que este frío me está matando, y no hay vivo ni muerto que lo resista.

Gallego Rey. Derechos Reservados. Publicado originalmente en otro blog el lunes 7 de Septiembre de 2009.