Amor a quemarropa

El problema surgió cuando ambos comprendieron que necesitaban alejarse el uno del otro, poner espacio de por medio y olvidar el origen de las cicatrices de tantos golpes bajos y excesos de riñas y discusiones. Pero se amaban, y eso no es tan fácil de enterrar. El primer paso lo dio él, contra pronóstico, una mañana de un domingo sin luz, después de su última reconciliación postiza, y de pasar la noche haciendo cualquier cosa menos el amor. Sí, habían follado, pero ya sin gusto ni ganas, tan solo para recordar que hubo un tiempo en sus vidas que con tan solo rozarse surgían chispas entre ellos. El imán que los atraía se había vuelto en su contra.

Se levantó temprano, cuando ella aún dormía desnuda en su lado de la cama. La observó un instante, de pasada, sin reconocer en aquel cuerpo nada suyo. Una ducha y a la calle, a comprar churros al churrero que los sábados y domingos había establecido en el parque frente a su casa su centro de operaciones. Detestaba los churros, y al churrero mirón que no perdía detalle de toda mujer que asomase por el arco de influencia de sus ojos bovinos. Le daba tanto asco aquel hombre escrutador de escotes y culos femeninos que se negaba a comer nada manufacturado por sus manos de pajillero. Pero a ella le encantaban los churros. Punto.

Subió con media docena y chocolate caliente. Sabía que estaría despierta, esperándolo expectante y celosa, dispuesta a iniciar cualquier escena por haber salido sin avisar ni decir a dónde. Era celosa, y él mujeriego y cabrón con las mujeres bajo el disfraz de chico guapo y sensible que escribe poemas y llora en público sus penas si con eso consigue atrapar a otra muñeca para su colección. O al menos lo había sido; con ella en su vida le costaba horrores filtrear con otras.

Los ojos de ella lo recibieron con calma, su cuerpo, algo tenso, descansaba en el sofá, viendo cualquier tontería de cualquier canal de telebasura. No hubo buenos días ni media palabra. Al grano: dejó los churros y el oro de los aztecas sobre la mesa del comedor y se fue a la habitación. Al cabo de unos minutos una maleta con los justo y una decisión tomada lo acompañaban de la mano. Ella estaba sentada a la mesa, con el último churro en la mano y chocolate en los labios. Lo vio y no dijo nada. Se le acercó para despedirse, sin palabras. Le acarició la mejilla izquierda y limpió el chocolate de sus labios, y, suavemente, depositó sobre su frente el último beso. No había mucho que añadir. Dejó sobre la mesa las llaves de casa y un sobre con el dinero suficiente para cubrir los gastos de ella durante medio año. Y se fue. Ella no hizo ademán de nada, asintió estática a aquella fuga, a aquel adiós estúpido.

Al cerrar la puerta ambos rompieron a llorar y ya se echaban de menos, pero no había vuelta atrás. Cuando dos personas se dejan ir aún queriéndose es porque se aman de verdad, y ese es el amor que más nos duele.

Pasaron los meses y ni una llamada se hicieron el uno al otro para preguntar cómo estaban. Él se había ido al sur, como las cigüeñas en invierno, y ella se bahía quedado con el frío de un apartamento para dos al que le faltaba el cincuenta por ciento. No hubo consuelo para ninguno en todo ese tiempo, ni otras parejas que llenasen vacíos.

Un día, justo seis meses más tarde, llamaron a la puerta, era él y la maleta. Abrió la puerta y se lo encontró tal cual como la había dejado, con la misma ropa y cara de no haber pasado nada. Le soltó un bofetón tan sonoro que retumbaron las paredes del edificio. Él sonrió al ver que nada había cambiado salvo la confirmación para ambos de que no podían vivir el uno sin el otro.

Hicieron el amor sin hablarse, llorando de felicidad. Cada pareja tiene el derecho a quererse como les de la gana.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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