Que suenen las cadenas.

Disfrazadas de mujer, las ciudades con sus máscaras arrancan del arado las yagas del hombre. El hastío del campo, bajo palio, produce dolor, y el ruido de curas enreda en el espíritu dejando sonar las campanas a su paso: cepillo en manos del monaguillo; una vela a Dios y otra al diablo, y lo mejor del cerdo que se lo lleve el marrano.

En las ciudades se encuentra el fuego purificador de asfalto y anonimato; química pura de doble sentido, pues no volverá el hambre a pasar sin bocas que la reclamen. En las fábricas, sin sotanas, habla el látigo, y no hay horas muertas sino muertos en avanzado estado de desnutrición.

El hombre es infinito en su esclavitud. Luego existe.

Porque jamás emanará la libertad de las cadenas que se cargan a la espalda por gusto, y yo no creo en salvapatrias de traje blanco, en sus enormes palabras que se evaporan en el aire exigiendo miedo y lealtad a cambio de un candado nuevo.

En cada mirada perdida de un nuevo pobre encuentro todos las respuestas, en la mía sólo rabia y desasosiego.

No soy libre ni soy esclavo, ¿Qué soy luego? Un enredo en medio de la nada, equidistante a todos los sopapos. La próxima vez que venga a este mundo quiero ser mariposa siendo antes gusano. De hombre, la metamorfosis va de la nada a la muerte, y entre medias…

Que suenen las cadenas.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Anuncios

10 Comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s