El horror, en memoria de Edgar Allan Poe

Cuando mueran las orillas en los brazos quejumbrosos de poniente, volaré hacia tu desnudez sin luces ni sombras: con las manos abiertas; el caos en la mirada y un corazón que me aprieta demasiado. Te necesito. En los aledaños de la cordura no hay estaciones de paso donde la desesperación conceda treguas, por eso aguardo desgajado a tener mi cuerpo entre tus manos, cuando la noche apriete, como un fuego apagado que conserva el rescoldo de un lento amanecer para enmendar las jugadas del destino, sin reprender a nadie por mi ventura ni pedir justicia a los días muertos, tallados en copas de vino y burdeles baratos.
Soy lo que fui, sin ambigüedades, ni trastienda donde ocultar a mi Mr. Hyde. Por eso habito en un limbo sin cuna ni sepultura, necesitándote como necesito que llegue el ocaso a poniente, y se mueran las orillas en los brazos quejumbrosos de los hombres. Sin ello no tendré alas para volar y me quedaré en tierra de nadie, con el tiempo pasando fríamente borrando mi memoria.
Sería triste quedarme al margen de la eternidad para sobrevivir para siempre solo, oculto a mi propio horror.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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