La alacena.

En el interior de la alacena se escondían de los recuerdos unas viejas supervivientes de lo mas parecido a piezas de un añejo ajuar de boda o, quizás, de un premio barato de tómbola. No habían sido, en todo caso, en conjunto, una vajilla de calidad. Ni hermosa. Tampoco aquel vaso de cristal color marrón que se ajustaba como podía, más solo y abandonado si cabe, a la estampa de pobreza recién recuperada.

Ya era un milagro, en todo caso, que la alacena se sostuviera en pie, disimulando su decadencia como un camaleón que se oculta de si mismo. Pero allí estaba, lo recuerdo, a la intemperie recién estrenada después de derruidas esas cuatro paredes a las que un día alguien había llamado casa. Y no me lo pensé dos veces cuando aquel loco de ciudad que había estacionado de un frenazo su vehículo Mercedes de lujo en el hueco imaginario de su demencia me pidió precio por ella. – Se la regalo, caballero, es toda suya- .
Recuerdo su entusiasmo por la adquisición de gratis de algo que no valía nada, y como además, de forma más que desprendida, me pagó el porte de la alacena a precio de trasporte de lingotes de oro, con la única condición de que tenía que llevarla hasta unas señas en el pueblo, sin un rasguño, y con el vaso marrón de cristal y las supervivientes de tómbola o ajuar de boda intactas. Un loco.

Hoy, maldita mi falta de conocimiento, o de astucia, no salgo de mi asombro al ver aquella alacena vulgar y corriente luciendo como un trofeo de caza mayor en la vivienda de ese lunático, que la muestra en un programa de televisión donde gente con dinero exhiben orgullosas sus mansiones modernas. Dice, ante la embobada mirada de una presentadora que alucina mirando aquel pedazo de vulgaridad que en su tiempo solo se podían permitir los gañanes y obreros de poca cualificación, que es un mueble retro, años cuarenta, imposible ya de conseguir en tan buenas condiciones de conservación.

Y la alacena parece que devuelve las miradas, orgullosa de si misma, ganadora.

Hay que joderse, repito incrédulo una y otra vez. Hay que joderse.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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