Café amargo

Bailaré contigo
contra el frío y la noche
extrañando su cuerpo
como si mía fuese
esa mirada que me desborda
al entregarme a la memoria
de la virginidad profanada.

Ya no llueve igual
en mis desvaríos,
me quiebra su abandono,
y el café amargo me vuelve vacío
enredado al huir de mi desesperación.

Ojalá exista un reverso
en el destino
donde se rompa su ausencia.

Ya no me importa como.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Dioses de papel y tinta

Tus manos
acentúan el paisaje
de mi cuerpo
reinventando instantes,
descubriendo en mis ojos tus ojos

No pares de descifrarme
ahora que mi piel
avanza despacio por tus dedos
y achico el miedo
a contestarte en tus labios
con los míos

De tanto imaginarnos
en el paraíso
era lógico amarnos,
y convertirnos en dioses
de papel y tinta

Si alguna vez dejásemos de soñar
solo seríamos un folio en blanco

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Paso a paso

Paso a paso,
sin la negación de la existencia
hoy es siempre todavía;
un largo desnudo del alma ambulante, derramada sobre pieles y hueso; carne y memoria,
nosotros, en fin.
Paso a paso,
hoy es siempre el ahora deshojado; indicios revueltos donde tender, a priori,
la desolación del mañana
mudando de miedos con todo
el arrebato y equipaje
del viento en la calma.
Hoy, los resquicios del ayer
se hacen sombra al desplomarse en las estrías del tiempo,
y puedo llegar tarde a poniente,
porque hoy es siempre todavía,
paso a paso.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

La vejez

¡Qué curioso!
He buscado en el fondo del alma la fugacidad de mi vida;
el espejo de mis rumores;
el agua que corre dibujando siluetas; la madera noble de sombras y silencio; las huellas de las cenizas pordioseras…
Y solo en el confín de mis oídos,
algo, unos labios que tal vez pasaban por allí, me miraron de soslayo para abrir en mi pecho, de par en par, una vejez hirviente con su aliento agolpado como se agolpa la profundidad de la mar, y germinar dentro de mí raíces de serenidad como volcanes teñidos de sol.
Tu voz.
Era tu voz, como una escoba barriendo las sombras de mis malos recuerdos antes de encender el dulce atardecer del sueño pescador del destino.
Y yo canto victoria por encontrar con serenidad la noche que llega, como la vejez de aquel soneto que decía:

“…Que tiene la vejez horas tan bellas como tiene  la tarde sus celajes, como tiene la noche sus estrellas…” *

* Del poema La Vejez;

Vicente Riva Palacio.

México  (1832-1896)

Gallego Rey. Derechos Reservados.