Los ojos de Sara. Relato breve

Hay algo en los ojos de Sara que me pone muy nervioso: no es el color, entre verde y marrón a según la luz los enfoque, pues de esos los hay a montones; tampoco es el tamaño, ni la forma. Es algo más llamativo, quizás que tenga que ver con que los tiene cosidos a la palma de las manos; dice que para leer mejor las cartas del tarot. A mí me asustan, así como el vacío que se vislumbra en su rostro, en esas cuencas desnudas que hipnotizan.
Quizás pretenda ver fantasmas donde no los hay, pero unos ojos así imponen, créanme.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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La boda

A Horacio Quiroga la boda le parecía prematura, dado que ‘la niña’ sólo tenía 16 años y el futuro esposo apenas había cumplido los 18. No veía la misma urgencia que Pura en llevar al altar a la criatura que tanto gozo le procuraba con su eterna alegría y esa vocecilla de ruiseñor que hacía las delicias de cuantas personas prestaban oídos a sus canciones. El asunto era serio pero no tanto, y lo que fuese a nacer de aquel embarazo, niño o niña lo mismo le daba, bien podría criarse con ellos, como una boca más donde no faltaba de nada en la despensa.

El futuro yerno callaba, con la cabeza gacha y ganas de salir corriendo, más que arrepentido de haberla metido donde no eran horas y sin prevención alguna. La juventud…

Los consuegros, claro, felices como unas pascuas ante la posibilidad de quitarse unas cuantas pulgas del lomo, porque la niña y el gañán, por supuesto, una vez pasados por el aro de Pura y Don Cosme, que también se olía que del asunto algo más que una buena limosna sacaría, y no para la iglesia y los pobres, se acomodarían, es un decir, en la cueva aquella a la que llamaban casa, porque la mujer debe ir, según lo tradicional, a donde su marido, aunque éste fuese un muerto de hambre. Y, claro, a Horacio la sola idea de ver a su única hija viviendo entre mindundis famélicos, le revolvía la sangre. Tocaría, por terquedad de Pura, que del padrenuestro no se salía ni por la necesidad de atender el asunto de una manera más pragmática y atea, aflojar los cuartos más que si hubiera de comprar media aldea al contado.

Don Cosme, como cabría suponer, fingía como un cura lo que en el fondo le importaba un pimiento, y apoyaba la causa de la urgencia de pasar por el altar a los chavales, como sacrifico contra las malas lenguas, el qué dirán, ya se sabe…

La niña no decía nada, ni cantaba ni sonreía visto lo que se le venía encima, que era todo a esa edad tan temprana. Que no quería casarse se veía sin necesidad de tener la vista larga. Pero la cosa estaba hecha y eran todos contra uno. Mal negocio.

Acordaron que la pareja habría de casarse pasados un par de meses, tiempo suficiente para organizar algo serio a la vez que prudente para que no se notase tanto que el espíritu santo había hecho de las suyas. Pura respiraba tranquila, rosario entre manos y muchas Ave Marías purísimas. Don Cosme bendijo tan cristiana decisión pensando en una sotana nueva y el bolsillo menos vacío. Al mozo, bien mirado, le había tocado el gordo y a los consuegros la pedrea. Habría boda si Dios no mediaba con un milagro, o una noche de estas por accidente, la cueva, que estaba en un estado tan deplorable que a nadie le sorprendería, ardiese en llamas con los consuegros y el yerno dentro, que cosas peores se han visto.

A fin de cuentas, le saldría más barato que lo que aquellos beatos de pacotilla querían hacer con su niña, por muy Pura de nombre que fuese su mujer. Y muertas las garrapatas saneado el perro.

Qué se habrán creído.

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Renacido

Acaricio la luz del sol con el barro quebrado en mis dedos;
la escoria desterrada;
el corazón limpio
y Dios recorriendo mis venas.
Incrédulo, lloro feliz por mí,
ese sol es un águila maternal;
el vientre armónico que me
precipita hacia esa luz opuesta a la vieja oscuridad, desvaneciendo el miedo a su bello rostro.
Tomo nueva forma, cuerpo,
consciente de que no todo es un juego de rutinas y quejas,
que la suerte no es el remedio
a la voz de la mentira,
y que hay que aceptar la metralla de la vida, producir amor para desterrarla, decirle adiós quebrando de la piel el barro
y llenar el alma de gozo.

Ahora, llamarme el renacido
si queréis, pero miradme,
ya no soy la sombra
sino la luz consciente de la astucia del que juega a ganar la vida,
como los pájaros de la alegría que vuelan en los labios de quienes aprenden a sonreir a pesar de las circunstancias.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Puntos de fuga

No quedan rastros
de tu abandono
en la alquimia del firmamento.

Estoy esperando a que griten
los astros para extraer el ruido donde te escondes; sus voces rasgaràn el olvido y brotaràs sin rostro como los sombras al entregarse a un extraño, y no habrá más treguas entre nosotros; ni más días más ni noches, sólo puntos de fuga.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Como la soledad que duele

Hay poemas muertos en mi alma
como la soledad que duele;
los hay muertos y los hay vivos moribundos; los hay verdaderos y los hay como buitres rondando en círculos por mis manos para arrancarme a cachos los ojos y la vida.
Hay también una profundidad que me corrompe cuando la luz
viene a la oscuridad, y despertares que son como una invitación a nacer cadáver cuando surge el miedo en el aire…
Ese miedo; crepúsculo inútil capaz de perdurar como los pájaros necrófagos de mis manos cuando carentes de humanidad escriben versos de alas rotas, y picotean a los muertos de mi mente en sus tumbas cotidianas.
Como ese miedo,
hay tantas cosas en mi alma
que en mi alma tengo de todo,
incluso a tí,
pero he aprendido a callar sabiamente haciéndome mudo para no vaciarme de sombras y quedar hueco, con la carne y los huesos de otro que me usurpe el nombre, porque nada hay peor que mirarse al espejo con vendas en los ojos, y no ver reflejada el alma desnuda, y ser, como la soledad que duele, como los poemas muertos de mi alma.

Gallego Rey. Derechos Reservados.