La boda

A Horacio Quiroga la boda le parecía prematura, dado que ‘la niña’ sólo tenía 16 años y el futuro esposo apenas había cumplido los 18. No veía la misma urgencia que Pura en llevar al altar a la criatura que tanto gozo le procuraba con su eterna alegría y esa vocecilla de ruiseñor que hacía las delicias de cuantas personas prestaban oídos a sus canciones. El asunto era serio pero no tanto, y lo que fuese a nacer de aquel embarazo, niño o niña lo mismo le daba, bien podría criarse con ellos, como una boca más donde no faltaba de nada en la despensa.

El futuro yerno callaba, con la cabeza gacha y ganas de salir corriendo, más que arrepentido de haberla metido donde no eran horas y sin prevención alguna. La juventud…

Los consuegros, claro, felices como unas pascuas ante la posibilidad de quitarse unas cuantas pulgas del lomo, porque la niña y el gañán, por supuesto, una vez pasados por el aro de Pura y Don Cosme, que también se olía que del asunto algo más que una buena limosna sacaría, y no para la iglesia y los pobres, se acomodarían, es un decir, en la cueva aquella a la que llamaban casa, porque la mujer debe ir, según lo tradicional, a donde su marido, aunque éste fuese un muerto de hambre. Y, claro, a Horacio la sola idea de ver a su única hija viviendo entre mindundis famélicos, le revolvía la sangre. Tocaría, por terquedad de Pura, que del padrenuestro no se salía ni por la necesidad de atender el asunto de una manera más pragmática y atea, aflojar los cuartos más que si hubiera de comprar media aldea al contado.

Don Cosme, como cabría suponer, fingía como un cura lo que en el fondo le importaba un pimiento, y apoyaba la causa de la urgencia de pasar por el altar a los chavales, como sacrifico contra las malas lenguas, el qué dirán, ya se sabe…

La niña no decía nada, ni cantaba ni sonreía visto lo que se le venía encima, que era todo a esa edad tan temprana. Que no quería casarse se veía sin necesidad de tener la vista larga. Pero la cosa estaba hecha y eran todos contra uno. Mal negocio.

Acordaron que la pareja habría de casarse pasados un par de meses, tiempo suficiente para organizar algo serio a la vez que prudente para que no se notase tanto que el espíritu santo había hecho de las suyas. Pura respiraba tranquila, rosario entre manos y muchas Ave Marías purísimas. Don Cosme bendijo tan cristiana decisión pensando en una sotana nueva y el bolsillo menos vacío. Al mozo, bien mirado, le había tocado el gordo y a los consuegros la pedrea. Habría boda si Dios no mediaba con un milagro, o una noche de estas por accidente, la cueva, que estaba en un estado tan deplorable que a nadie le sorprendería, ardiese en llamas con los consuegros y el yerno dentro, que cosas peores se han visto.

A fin de cuentas, le saldría más barato que lo que aquellos beatos de pacotilla querían hacer con su niña, por muy Pura de nombre que fuese su mujer. Y muertas las garrapatas saneado el perro.

Qué se habrán creído.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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