Les jours de notre mort

A prueba de fuego
sólo y contigo
podría hallar la felicidad
en el altar cuyo sacrificio
a través del corazón me lleva
a tantos estragos.

Estar a la altura
de tu mano que me acoge
alcanza la ironía;
me aprieta el miedo;
sostiene el arrebato
y es muy cierto que el dolor
me arranca una plegaria.

Podía haberme salvado;
sabiéndote o sin saberte,
cuando mis propias heridas
se hicieron nuestras por los días
manchados de sangre,
y con más evidencia hubiese
gritado enfurecido contra todo,
incluso contra ti,
si de toda mi existencia sólo rescatases al espectro de la apariencia anidando en la belleza como una sombra al huir
que me elevase sin cuerda
a tu vientre de regreso
a los días de nuestra muerte.

Pero está bien así;
acorde a que siempre he vivido
suspendido de la vida más allá de la vida y de la muerte,
en esa otra soledad donde florece
un paisaje de claroscuros sin treguas y la mejor mirada ausente del ayer.

Y también es cierto, no lo olvido, que me olvidaste; a propósito,
hasta que tiré del hilo de la memoria. Confiésalo.
Porque no todo puede
ser yo y eterno.
Habrá una sucesión
en el trono después:
después de los días de nuestra muerte, y una larga batalla
enfrentando dos ejércitos
ante un espejo:
lo viejo y lo nuevo,
como un poemario roto
en un lugar tan breve
como el capricho de un Dios
que da la vida a quien en legítima defensa no la quiere,
para evitar morir y regresar a
les jours de notre mort.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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