Los Hados

Los hados me rehuyen
porque no tengo dientes
que trituren las piedras
ni muerdo el polvo
ni me prostituyo
en los camposantos
ni cubro de humo mis horas,
algún aliento tendré que
los espante, alguna herida
de muerte en los ojos que
los espante, y en la cueva
donde resguardo mis pensamientos contra el frío y la oscuridad mas heridas de muerte que los espante,
y no me avergüenzo;
ya casi no hay sueños
que se escapen de la tiranía
de los hados, tan solo quedan
pensamientos deshabitados
en apariencia interesantes
pero repugnantes por su presunción, y monotonía,
que es la muerte de la
creatividad, la tela de araña
donde los hados atrapan a sus
moscas y les extraen la vida
a cambio del sombrío gozo
de un minuto de gloria sin ingenio.
Por eso los hados me rehuyen
y yo a ellos, como rehuyo todo
lo que se consigue sin esfuerzo,
porque no deja huella
ni mas epitafio que una fecha
de entrada y otra de salida
a este mundo de muertos.

espectros[1]

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Cuando nos coman las hienas

No voy a reproducir las imágenes. Esto tampoco es un poema, ni relato fruto de mi imaginación. Hoy reproducen las principales cadenas de televisión una durísima agresión a una jovencita de unos 20 años a las puertas de un local de ocio de Murcia capital. Un grupo numeroso de “valientes hijos de sus madres”, con alevosía y crueldad, se ensañan a patadas y puñetazos con alguien a la que seguramente ni conocían mas que por odios estúpidos, o ni eso, ante la mirada impotente de un chaval que me costa es una bellísima persona, y me imagino que por propia integridad física no intervino para detener la agresión. No lo culpo, ¿quién es el valiente que se intromete en el “festín de semejantes hienas”?
¿Y ahora qué, seguimos con el suma y sigue, o afrontamos la realidad?
No voy a entrar en su juego de estúpidos extremismos, me da igual de izquierdas o derechas. No hay derecho. Y la culpa es nuestra, del conjunto de la sociedad española.
No se puede regañar a los niños porque se les puede crear traumas. De un cachete a tiempo ni hablemos. ¿Estudiar, esforzarse, eso qué es? Ni repetir curso ni deberes.
El discurso imperante incide en que “tenemos un derecho divino, o natural, para hacer lo que nos de la gana”, con total desprecio a cualquier norma de civismo o a la atención de la buena educación. Y si esto fuese un hecho aislado pase, porque dentro de la extrema gravedad podríamos tener fe en la excepcionalidad del hecho. Pero no. Nuestras hienas amamantadas con nuestros propios pechos campan a sus anchas por doquier, al mando de todo, crecidas y dispuestas a elevar el nivel de agresividad contra quien sea, con impunidad. Si son menores de edad, una reprimenda, quizás una temporadita en algún”reformatorio” para socializar con otros de su ralea, y a otra cosa.
Y esto ocurre porque hemos confundido todo: libertad con libertinaje; derechos con imposiciones; esfuerzo con castigo; responsabilidad con obligaciones…
Y si defiendes lo que no está de moda, lo que va contra el discurso de los charlatanes que braman en los medios pidiendo el derecho a hacer lo que te salga de tus partes, entonces eres, cómo no, facha.
En esta sociedad que estamos “deconstruyendo” a marchas forzadas lo pueril es lo que mola, lo vacío lo que llena los cerebros; y los “artistas” – la mayoría – devenidos en publicistas de toda suerte de estupideces que alientan esta demente sociedad.
Cuando nos coman las hienas correremos. Pero al menos algunos tenemos claro el porqué de esta locura, y no participamos del erial.
Agachar la cabeza o mirar para otro lado debe ser más cómodo.
Y no añado más, aunque con ganas me quedo.

Gallego Rey

El último aliento

Regresa al redil

el azar al vuelo,
noche sombría; baten las
horas de la vida en mi pecho, umbría presencia en torno
a hileras de vigorosos cipreses
que despiden humo
cual homenaje a la extinción.

Cubro de flores un beso
desnudo, y de llanto quedo
los cielos, augusta libertad
es ésta la mía que caduca
como sombra de mediodía
mientras pienso que en mí
se derrama el sol que desaparece
tras el último aliento.

Hiel en los labios,
al fin reposo mi alma
en la vasta soledad,
reina en el paraíso.

Cuadro de Gustave Moreau- 1865

Cuadro de Gustave Moreau- 1865

 

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Balada triste de un suicida cuerdo

La gente me habla con                                                                             las bocas cerradas                      y yo los saludo                                                                   con los ojos abiertos porque mi miedo se ha marchado                                                      hacia otra vida                       para cruzar las puertas del Edén,                                                                            calle abajo,                                                                        mientras el viento canta miseria demasiado tarde                                                                 sobre los cristales rotos.

Miseria,                                                                                             y que se joda el tiempo sobre mi cadáver nuevo                                                                     navegando en la sal de la herida que os duele,                                                                              hijoputas,                                                      compañeros de mi soledad.                                  Porque vosotros sois las manos                                           manchadas de mi sangre;                                                                                                      el nudo en la garganta                                                            y yo el adusto muerto al que canta el viento miseria,                                                                    demasiado tarde,                                                                            sobre los cristales                                                                              rotos de mi soledad.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

La voz despierta del silencio

terror_luna[1]En silencio
– a menudo – las orillas
plúmbeas del firmamento
gotean tinturas
que son de noche
puntos suspensivos
que refulgen para hablarme
y sostenerme despierto.
Entonces el silencio
se transforma
en un alborozo activo;
en un correr de aquí para allá
desnudo de prejuicios hacia
los seres mágicos de la noche
como un niño que aún no conoce
las sombras del pensamiento
humano y desprende
el dulce don de la inocencia.
Luego viene la luz
y me exilio en la rutina
mutando en hombre invisible,
sorteando las fauces del
ruido ensordecedor
sin mostrar un lamento
hasta que regresa el misterio
a la noche callada.

Silencio…

Gallego Rey. Derechos Reservados.