Amor Furtivo

Surge del manantial del miedo
el anochecer como una tempestad
que sí consuela. Seríamos felices
en cualquier tormento, no obstante;
tú mi luz, y yo el ciego búho asido
a tu arbitrio. Dónde reposar la noche
es lo de menos, dónde muera la
primavera no importa, aún hay
esperanza en la otra mitad de tus
labios que imploran hablar de amor,
y tú lo sabes. Porque vivir es a veces
romper con la vida y ayuntar con la
demencia a grito pelado, y respirar
besando, agrandando el cuerpo para
recibir la furia que uno mismo desata
en el horizonte del otro, y a veces
es parar el reloj, sustanciarse en el deseo,
buscar heridas que nunca cicatricen,
dejar los ojos en blanco, ser soez mientras
abrasa la carne y el demonio nos sacia
con nuestros apetitos más celestiales.
Vivir también es eso que se hace soñando
que te lo hagan, y no hacerlo, es matar la vida
arrojando flores marchitas sobre nuestros cuerpos,
y alimentar la duda de qué ocurriría
sin la cobardía de no parar el reloj
el tiempo suficiente para poder intentarlo.

Porque a veces hay que tentar a la derrota
para alcanzar el anhelo y desterrar
el miedo del cuerpo para poder soñar,
y porque se necesita de lo furtivo para ser
libres y respirar en paralelo a la vida,
para comprender que la existencia
también es esto que nos une,
y se llama sexo, amor.

Por eso rabiamos a escondidas
e imaginamos nuestros nombres
maridados en la distancia del tiempo,
como ignorados conocidos de una obra
maestra de orgasmo epistolar
y acero puro candente…

Febril necesidad es ésta de acontecernos
fornicando para generar jadeos y dolor
en cada envestida, penetrándonos
el uno al otro sin que importe la voz de terceros,
porque no habrá recuento de chismorreos
ni escarnio ni tormento; tan solo tu talle
desnudo y el mío al descubierto: cópula,
lujuria, espíritu de resistencia, a pelo,
y ambos pidiendo más…

Palpita mi piel, mi amada,
querer así es como amar a un anónimo
del cual uno aprende su rostro y memoriza
sus manos para convertirlas en sus propias manos
y en caricias que son llamas que alimentan la llama
que nos suelda al deseo de desear y ser deseados.

Y ahora fluimos así, el uno en el otro, en la distancia,
pero huele igual a figuras desnudas y sudorosas
la estancia donde te imagino rompiendo la noche
a pedazos, haciendo aquello que unos llaman amor
y nosotros llamamos necesidad…

Regresa a esta noche, amada, sin miedo, en esta calma
tu alma es bienvenida si a despertar fuego se
presta sobre las cenizas de nuestros cuerpos,
en un ritual que se abotona a nuestras complexiones
creciendo en la intermitencia de la piel sobre piel,
como una intimidad de voces bajo la humedad
y la lascivia del deseo mortal…

Lo sé, así destrozaremos la quimera, pero hilaremos
las ganas de tempestad con el gozo del estruendo
y el dolor de un orgasmo clavado en la respuesta al otro,
y no cuesta tanto soñar, amada, el tiempo
invita a que nos revolquemos en el lecho de lo prohibido,
desnudez contra desnudez, entregados a la
impúdica embriaguez del enigma:

¿Te deseo, o eres tú quién me desea?

©Gallego Rey

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