ÜRT (Los ritos del paso, extracto)

El luar de las lunas de Zeltia ilumina el rostro hermosamente andrógino de Aine, que en un apacible duermevela descansa en el lecho conyugal, después de haber experimentado con sumo gozo el primer rito de paso de sacerdotisa del templo de la Diosa Iria a esposa del Rey. La noche es cálida, y su cuerpo desnudo aún exuda la fragancia del sexo, como irradiación de una nueva vida. Sobre la rama de un árbol de lima, un pájaro Ryuu, de hermoso plumaje irisado, testigo mudo de la consumación del ritual, comienza a entonar un canto melódico, señal profética que provoca en Aine una sonrisa cómplice. El Rey, henchido de complacencia, duerme ajeno al pacto con el destino que acaba de sellar.

La joven reina, ante la melodía de aquel que la entona en su honor, se levanta del lecho sin moverse de él, incorpórea, dando honra a quienes le pusieron su nombre. Piensa en el templo de la Diosa y se regocija imaginando el sacrificio de las vidas de tantos en aras de su fertilidad. ¡Si los hombres supieran! ¡Si el Rey supiera…! Pero nadie debe saberlo, de momento…

Lleva su mano izquierda al vientre, se ausculta sin tocarse, solo con la energía que emana de sí misma: algo bulle en su interior; lo escucha abrirse paso en el recién estrenado seno materno, todavía de forma incipiente, apenas constituido. Pero vivo y dispuesto a vivir. El Ryuu eleva su cántico, satisfecho de cómo han ido las cosas. Aine entona una plegaria en su lengua materna que nadie escucha, o eso cree, porque no muy lejos de donde la noche ha sido testigo de su primer rito del paso, hay algo que todo lo ve, que todo lo escucha.

-No debimos dejar que fuese ella quien se casase con el Rey. Su temperamento es demasiado volátil y ninguna de nosotras tiene la suficiente ascendencia sobre ella. Sí, es cierto que todas juntas podríamos doblegarla a nuestra voluntad, pero me pregunto hasta cuándo. No podemos obviar el sacrificio humano que hemos tenido que hacer en su nombre a la Diosa. Yo sólo digo que es demasiado poder en manos de una sola. ¡Demasiado!

-¡Cállate! Ya es tarde para analizar lo que no se puede deshacer.

Las dos sacerdotisas se miraron fijamente a los ojos en un gesto inútil. Ninguna doblaría su voluntad a la otra. La que había hablado primero, la más joven, aún vestía la túnica púrpura de los sacrificios, manchada de pies a cabeza con la sangre de los inmolados en el altar de Iria. Sus ojos claros, casi albinos, la distinguían del resto de sacerdotisas del templo, cuyas facciones eran tan iguales que se semejaban como gotas de agua. La otra, sin embargo, tenía los ojos negros como la noche, y era esa diferencia entre ambas lo que las unía como eslabones de una cadena, pues si bien la de los ojos albinos tenía el don de ver más allá de toda distancia y lugar siempre que fuese a la luz del día, la de los ojos oscuros replicaba el don cuando reinaba la oscuridad. Juntas, eran los ojos del templo.

-Discutir no nos llevará a nada-. Siguió hablando la de los ojos oscuros que, exenta de participar en el ritual de los sacrificios por puro azar, vestía la túnica marrón de ordinario. -Además, lo que nos tiene que preocupar ahora no es Aine. Te recuerdo que es lo que traiga al mundo lo que nos puede hacer daño. La estirpe del Rey es poderosa, y un hijo varón podría ser indomable y de un poder que no sabemos calcular. Tú, querida Crara, te dejas cegar por la luz del sol y no ves más allá del ahora.

-¡Pamplinas!- Contestó airada la otra. -Tú y yo somos iguales, Catuxa, así que no me vengas con tus moralinas. Lo que tenga que parir Aine se sabrá cuando llegue el momento. Pero ambas sabemos que sea hembra o varón no lo entregará al templo sin más. Y no discutamos. Te doy la razón en que no tiene sentido reguñir por lo que ya está hecho. Por cierto, es una lástima que te hubiese tocado hacer la guardia del fuego justo hoy… El sacrificio humano ha sido sublime. Tus bestias de la noche se hartarán de comer carne humana.

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