Jugando a ser Dios (Cuento breve)

Hoy he jugado a ser Dios. Me salió de manera natural, sin habérmelo propuesto. Caminaba hacia el trabajo, temprano, cuando aún no se había despertado del todo la ciudad, aunque ya se intuía ajetreo. Iba ensimismado pensando en la trascendencia del ser humano, que a esas horas, para mí, significa un café con leche y media tostada de tomate en el bar de Paco, antes de aparcar mi yo existencial en el guardarropa de la oficina y convertirme en un eslabón de una empresa para la cual solo soy un empleado, sensu stricto, y de casualidad, mi vista fue a tropezar con un grupo de hormigas que afanosamente arrastraba hacia su hormiguero – supuse – a un bichito de tamaño mucho mayor que cualquiera de ellas. A mí nunca se me había perdido nada en esas cosas de la lucha por la supervivencia. Por norma general siempre me ha importado poco cómo se las gasten los demás seres para llevarse un bocado al estómago, en tanto que no me afecte, pero me pareció que aquel bichejo aún estaba vivo. Me acuclillé para comprobar todo lo cerca que pude si era carne muerta o aún se debatía por salvar la vida. Me pareció distinguir un pequeño escarabajo pataleando, boca arriba, sujetado a dentelladas –esto también lo supuse– por aquel mini ejército de criaturas, tantas veces presentadas como inofensivas en los cuentos infantiles y dibujos animados. La verdad, me impuso la escena. ¡Joder con las hormiguitas! Y entonces me salió del alma: agarré al escarabajo, o lo que fuese, de manera que pude zafarlo de las crueles garras de la muerte. Las hormigas, obviamente, no se lo tomaron a bien, y estoy seguro que si pudieran me liquidarían para ajustarme las cuentas. El caso es que funcionó la ley del más fuerte y al escarabajo, o lo que fuese, lo dejé a salvo, lejos de aquellas asesinas, como si hubiera sido el mismo Dios decidiendo quién vive y quién muere. No recuerdo haber hecho algo que me hiciese sentir tan poderoso, y pensé en lo bien que lo tendría que pasar Dios viéndonos como yo había visto al bicho pataleando, resistiéndose inútilmente a su muerte, salvo que él osase regalarle su intervención divina. El resto del día, la verdad, lo pasé acojonado, sin poder sacarme de la cabeza lo ocurrido, pensando que tal vez a Dios no le hubiese hecho gracia que hubiese usurpado sus funciones jugando a ser él, y en represalia, el próximo bicho en caer en el juego de la vida y la muerte fuese yo, para deleite suyo.

©2020 Gallego Rey

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