El canon accidental. (Artículos rescatados del ostracismo)

Artículo publicado originalmente en La Fiera Literaria. Boletín del Centro de Documentación de la Novela Española.

Hace unos treinta años que las tres o cuatro grandes editoriales de este país decidieron destruir nuestra literatura, y en especial nuestra novela. O quizás no decidieron tanto destruirla como convertirla en un negocio, que es casi lo mismo. En todo caso, el momento no pudo ser mejor: la llamada Transición trajo, con el destape en el cine y la televisión, el descaro literario o la confusión de literatura y comercio. Todo esto es tan sabido que no hace falta entrar en detalles: los viejos premios de la posguerra se vaciaron de contenido, se llenaron de millones de las antiguas pesetas y se convirtieron en un intercambio de honorarios por favores supuestamente literarios. Los planeteros y los alfaguareros compraron a los más mediocres escritores disponibles, los encerraron en las famosas cuadras y los sometieron a sus aberrantes criterios comerciales. Hubo casos verdaderamente tristes de algunos buenos periodistas, novelistas o poetas convertidos en autores de best-sellers de la noche a la mañana, por no hablar de los negros, correctores de estilo, jurados de premios pactados, etc. Y, por supuesto, de los sufridos y engañados lectores, estafados año tras año. Hubo una reconversión cultural y editorial, con concentración incluida. Las viejas empresas familiares con prestigio, como Seix-Barral, fueron adquiridas en sus momentos más bajos sólo para ser transformadas en meras sucursales. Recordemos que hoy algunas de estas editoriales han derivado, y no casualmente, hacia las colecciones de miniaturas, la venta de chucherías en los quioscos, el Internet a domicilio, la televisión por cable y otros negocios y chanchullos bastante más innobles -¿o no?- que el comercio del libro, aunque éste sea malo.

En resumidas cuentas, la picaresca y el compadreo, como siempre sucede en este país “de todos los demonios”, sustituyeron al estilo y la calidad. Pero ¿de dónde han salido nuestros insignes novelistas de hoy? Fácil: de los ministerios, del funcionariado, de los institutos de enseñanza media, de las redacciones, de los platós y en general de cualquier sitio del que no siempre sale un escritor, pero sí un feliz cesante contento de liquidar su hipoteca y recibir cada año unos cuantos milloncejos de pesetas o unos miles de euros. O un periodista deseoso de impulsar su carrera. O un comentarista de la prensa o la televisión rosa que quiere subir su caché y renegociar su contrato con su periódico o su productora. O una esposa de un pseudoescritor que ansía mejorar su vestuario cambiando las tiendas de Fuencarral por las de Serrano.

Seamos serios por una vez en este país de cabreros: estos son los motivos por los que esos señores y señoras decidieron un día instalarse en Madrid y –si es que lo hicieron- empezar a enviar paquetes certificados con plicas, visitar a agentes literarios y hacerse los encontradizos con unos y con otros; pero ¿cuáles fueron las razones que movieron a esos editores, curtidos hombres de negocios, a arriesgar su dinero con ciertos pelagatos y no con otros? Porque se trata de dinero y no de literatura; porque en muchos casos las estrellas de nuestro mundillo literario a duras penas pueden ser consideradas, a la vista de lo que regurgitan, personas de letras o siquiera personas instruidas. Y un texto por ellos producido corre el riesgo de ser ilegible, tedioso o incluso simplemente absurdo.

En dos palabras: todo vale pero no todo sirve para amasar beneficios. Un pseudoescritor o una plumífera pueden ser, como Anastasio Somoza para los gringos, nuestros hijos de puta, pero no tienen por qué vender, y para eso están y para eso se les paga, a las claras o bajo cuerda, en forma de premio. Difícil es creer que la última saga de Javier Marías no haya sido un fiasco como el de las hipotecas basura, por lo menos según lo que dicen los libreros. ¿Se puede vender indefinida e impunemente la moto de Juan Luis Cebrián, Rosa Regás, Rosa Montero, Almudena Grandes, Muñoz Molina o Lucía Echevarría, entre muchos otros, a un lectorado envilecido e intoxicado por la publicidad? ¿Realmente los lectores leen textos que La Fiera ha considerado mediocres, burdos, adocenados, mal trabados, peor pergeñados anacrónicos y llenos de gazapos? Cabe pensar que los consumidores de las novelas de la serie Alatriste, como antes y ahora los de las de Salgari o Verne, leen porque sacan algo de su lectura, aunque sólo sea la evasión más tosca e infantiloide. Pero no todos los nombrados y algunos más están en el caso de tener verdaderos lectores. Nos consta que bastantes sufridos españoles no han terminado nunca La ciudad de los prodigios, que no es la peor de las novelas de los últimos treinta años, sino más bien una de las menos malas. Muchas personas instruidas nunca concluyeron en su momento Volverás a Región o Cristo versus Arizona. Y ciertos lectores saben distinguir todavía un libro de un ladrillo, o mejor, de un escombro. Sería hermoso asistir a una conversación entre un tratante de libros al uso y un escritorcillo de tres al cuarto que trata de justificarse ante quien le da de comer, lo viste y lo calza.

Uno de los secretos son las ferias del libro, las Navidades, los Días del Padre y de la Madre y el Día de San Jordi, esas ocasiones doradas para el editor y el librero. Y el libro vendido cuenta como si hubiese sido leído, por lo menos en un pueblo de analfabetos como el nuestro, que mide sus índices de lectura por el número de títulos publicados y no por el de libros realmente leídos por persona y año. No hace falta recordar que miles de suplementos de periódico van directamente del quiosco a la papelera. Pero el asunto escama, desde luego: ¿De qué pasta estamos hechos los españoles? ¿Somos aliterarios y orales como decía Karl Vossler, austeros como los quería Menéndez Pidal? ¿No leemos el Quijote pero sí a Javier Marías y a Rosa Montero?

Seguimos pensando que la publicidad mueve montañas y que algunos lectores, con el libro en la mesilla de noche o sobre sus rodillas, sentados en un vagón de tren, pueden sentirse tentados por una lujosa encuadernación (puesta, claro está, para duplicar el precio del bodrio correspondiente) y emprender una lectura que los hará más necios, hablando en plata. No olvidemos que hasta los redactores de La Fiera han pasado, leído y comentado muchas páginas de nuestra piratería literaria nacional. Si alguien puede consumir –leer es otra cosa- un suplemento tan infumable como Babelia, incienso aparte, también puede muy bien abrir y hasta intentar desentrañar una anovela de Marías o de Grandes.

Hay factores que vienen en auxilio de estos y otros supuestos novelistas del club Dumas español: la enseñanza media ya no existe más que en su forma actual de correccional o de penitenciaría, y la primaria y la universitaria, gracias al buen hacer de nuestros políticos, van por el mismo camino. De la educación en sentido general mejor no hablar. La televisión es un modo formidable de estimular la siesta nacional del pensamiento y resulta un adecuado contrapunto de una infralectura perfectamente calibrada: el pseudolector de basura editorial se siente culturalmente superior al durmiente espectador-zapeador de TV, y quizás lo sea, puesto que las imágenes tóxicas de los programas rosa siempre resultarán más peligrosas que la sintaxis absurda de algún académico de la RAE. Al fin y al cabo –como se suele comentar en el consejo editorial de algunas de nuestras fábricas de libros y en muchos claustros de instituto-, es “mejor” leer cualquier cosa que no leer nada en absoluto. O no, porque seguramente son más felices los gañanes del campo en su ignorancia que el desgraciado que intente sacar algo –entretenimiento, estilo, evasión, imaginación, ingenio…- de ciertas novelas de actualidad.

Con estas reflexiones sobre nuestra narrativa actual venimos a parar a la cuestión que enunciábamos en el título: el canon, ese sendero de abrojos por el que caminan Harold Bloom y sus discípulos, y que está tan de moda en una época como la nuestra, si se nos permite, descanonizada, secularizada, vaciada de toda autoridad literaria, de todo sentido del arte como cosa sagrada. Los componentes del moderno canon español más parecen los miembros de una asociación de malhechores que los habitantes de un olimpo de la prosa y la novela. El actual santoral de valores literarios –esa sospechosa letanía que entonan los críticos a sueldo en cada entrega de Babelia- no es mucho mejor moralmente que una lista policial de los más buscados, que una nómina de morosos o que un índice de la población penitenciaria: quizás no han cometido todos los pecados capitales ni demasiados delitos contemplados en el código penal, pero han pervertido el estilo, conculcado la gramática y extraviado el gusto de los españoles de nuestros días y de los tiempos por venir. Estafan a los compradores de libros y a los lectores, mienten cuando forman parte de jurados, engañan cuando responden a los periodistas y mistifican cuando firman ejemplares. Son la peor hornada de autores españoles desde que tenemos memoria histórica de nuestra literatura. Sus obras completas son el canon al revés o el canon al acaso o la antología de la nada vuelta páginas, párrafos y libros. Meras palabras puestas juntas y simplemente negro sobre blanco.

Queequeg

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