Oráculo

 

 

Un abanico de luto en su mirada negra
y fría como el nicho abierto y vacío
de un mal nacido que se sienta
ante la resurrección de su sombra
y echa por la boca
desdentada la sangre del pueblo

medita porqué está muerto
y porqué está vivo, luces y sombras
al compás de un histrión exiliado

pregunto

esclavitud, contesta,
esa maligna enfermedad
hechicera que de algún modo
mentiroso os hipnotiza

cómo
si se nace libre

como verdugos de la ilusión
y los ojos arrancados
y las palabras mudas

y otro día más
al paso firme
de la mano
del tiempo
que no se detiene

Gallego Rey. Derechos Reservados

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Aquelarre solitario

Esta noche no ansío soledad
sino el hambre de una vigilia
que me enfangue en tus ladinas caderas
más fuertes que el imperio de todos
los astros y mostrador de los deleites
que la voz lúdica de la locura me tienta,
y así, levitando, febril al pensarlo
me sobresalto radiante
transformado en un toro ebrio
de vulnerable testosterona,
pero tú me niegas sin ni siquiera
de regalo un beso que en mis
labios sangre y haga de los estragos
de tu risa en mi cara, -mudando a empujones-
el ayuno por la apetencia que alimenta
lo imposible y me hunde en la noche
sin un aullido de lástima que protestar.
Cuando me recobre de tu negación
permaneceré mudo para siempre
y no volverás a escuchar de mi boca
tu nombre, y fallecerás entonces conociendo
el horror de la indiferencia,
y yo, derrotado, me apagaré contigo
como el eco espantoso de la muerte.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

El deseo

El deseo es la presencia de la ausencia
de aquello que nos apremia
y nos habita en secreto
extrañando lo que nunca ha sido.
Desear es rendirse a la urgencia ciega
y lanzarse a la pesquisa perpetua
que lleva al descalabro del tiempo
y también de la razón
que acaba en la reducción del alma.
El deseo es la raíz,
la parte oculta del tormento,
porque desear es asomarse
al vórtice del dolor.
Es una ley del deseo
concebir irrealidades
y pretender la muerte de lo infinito
humillándose ante el capricho.
Para no desear tendríamos que renunciar a respirar,
para no desear sería forzoso dejarnos morir.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Autorretrato Desfigurado (Autorretrato III)

Autorretrato de Gallego Rey.

Autorretrato de Gallego Rey.

 

Prendido a mi alma estás como un tamarindo
que envejece dulcemente y me asombra por
la espesura y cada pliego de su cuerpo
de viento febril que enloquece la noche
y de nostalgia sobre mi pecho desvaría.
**Pero no hay salvaguarda que nos resguarde
del infinito de un adiós cuando nos toque
ni de vivir esperando lo cierto, porque
somos polvo en el tiempo, como una
circunstancia pasajera que sin embargo
nos deja huella en el luto que llevamos
dentro, como en carne propia.

Nace este poema a partir de estos versos ** que escribí a modo de continuación de estos otros de @LaraenREM:
Somos un par de horizontes,
queriendo abarcar
cualquier punto neutro
donde creerse a salvo.

Pero como me gustaron decidí darles vida propia en este autorretrato.

Gallego Rey. Derechos reservados

Géminis (Autorretrato II)

Autorretrato de Gallego Rey para el poema Géminis

Autorretrato de Gallego Rey para el poema Géminis

Mi conciencia es la tuya
como el abismo que nada en el pez
o la lluvia que lame al fuego.
Es la secuencia de una vida grabada
en el rostro como la luz tatuándose
en la oscuridad, aunque no sé
si lo estaré soñando
o aguardando al vendaval
mientras me empujas con tu mirada
hacia un rincón donde de mí se esconde
el sol con las manos.
Pero mirándote te digo
que tu angustia es también mi angustia
como copias exactas, porque
para ningún otro respiramos tan hondo,
y sin embargo nos tememos
como se teme a los despojos
de la lucidez, y así debe de continuar
hasta que la compasión
nos estreche en sus brazos
y tengamos que pagar el dulce
y postrer abrazo que nos reconcilie.

Autorretrato

 

 

El desnudo de mis huesos está adquiriendo la densidad
del paso del tiempo, y ya no me reconozco
en este extravío de mitad olvidos y mitad desmemoria.
Necesito un nombre que de nombre a este arrugado despojo
de ayeres sin sentido, y que tus ojos me miren de cara,
para que por fin te veas como eres después de todo,
después de nada…

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Seguridad

Los llevaron a la comisaría “de los muertos”. A mí me llamaron pasadas las cinco de la tarde, cuando ya hacía un frío de ponerse abrigo para salir a la calle. Según me informaron, deprisa y mal, una patrulla de paisano los había interceptado en una de las calles que desemboca en la Plaza Nueva, y los habían detenido sin contemplaciones por ir haciendo el bobo, chillando y quebrantando la paz pública. No quise preguntar nada. Supuse lo que cualquiera podría suponer ante una llamada así; que les había caído el gordo por ser unos adolescentes con ganas de pasarlo bien, quizás sí, de forma descontrolada y haciendo más jaleo de la cuenta, con sus patinetes o por puro pavoneo. A esas edades todos hemos sido fieras con la testosterona marcando máximos.
Cuando llegué a la comisaría, la rutina de siempre, me enviaron directamente a los bajos, a la sala que jocosamente los agentes llamaban el cementerio. Eren tres, de no más de quince años. Me pasaron sus números de filiación, el atestado policial de sus detenciones y el informe forense certificando que los tres, como era habitual desde hacía un tiempo a esta parte en aquellas dependencias policiales, habían dejado de molestar para siempre por causas naturales. No protesté ni hice ademán alguno que pudiera delatar mi rabia. Como abogado de turno de oficio me tenían cogido por las pelotas. Firmé de conformidad. Tres gamberros menos formando jaleo, me dijo el comisario de guardia socarronamente. Lo miré dedicándole una media sonrisa que pretendía ser de complicidad, por si las moscas. Desde que se había votado en aquel referéndum sobre libertad o seguridad, ganando por goleado lo segundo, a fe que se vivía más seguro, aunque de seguir este ritmo de muertes naturales no quedaríamos muchos para contarlo.

Gallego Rey. Derechos Reservados.