Historias del más allá

Caminé ante el umbral de la puerta dudando si  era el camino a seguir o sólo otro sendero al vacío. Oía voces al otro lado que expresaban felicidad, alegría… Pero mi cuerpo, títere de mí, no ofrecía signos de querer traspasar los límites de lo desconocido.

Un hombre anciano, de pelo y barba blanca, me observaba sentado en un trono de densa y somnolienta niebla, dulce y tonificante, que me embelesaba por momentos. El anciano no hablaba, tan solo se limitaba a observarme fijamente, con curiosidad a veces, y con hastío el resto del tiempo. Tiempo, que en aquel lugar era impreciso.

Todo aquel lugar lo era. Salvo la puerta, no existía más edificación ni paisaje. Nada a la vista. El suelo se camuflaba con el entorno y el entorno lo era todo; un todo monótono color gris perla. De no ser por la puerta y el anciano, aquello que me rodeaba bien podría ser la nada más absoluta, y dudo que mi presencia resaltase en aquel continente absurdo, de hecho, no recuerdo ver mi propio cuerpo en ningún momento, aunque la conciencia de seguir siendo yo no me abandonó nunca.

 En un momento determinado escuché mi nombre pronunciado por una voz lejana, justo en el instante en que una punzada de dolor recorrió mi conciencia. Busqué instintivamente con la mirada al anciano del trono, que seguía en el mismo lugar sin dar muestras de querer comunicarse conmigo, ¿Quién había entonces, pronunciado mi nombre?  No lo supe nunca, aunque la certeza de quien había sido estuvo siempre dentro de mí. En todo caso, reuní la presencia de ánimo suficiente para dirigirme al anciano. No sabía si las palabras que escuchaba en mi cerebro serían pronunciadas, y tampoco tenía muy claro qué era lo que buscaba de él, o si estaba allí para buscar algo. Aun así, me planté en frente, lo observé con atención, y aquel  anciano de pelo y barba blanca me resultó el ser más familiar que mi memoria alcanzaba a recordar. No pude nunca describirlo y dudo que lo pueda hacer en el futuro, pero sé que una parte de un todo de ese anciano está dentro de mí…

 Lo demás sucedió a un ritmo frenético y casi supone una laguna en mi memoria. Sé que mi nombre fue pronunciado repetidas veces, y a cada una de ellas sentí el mismo dolor que la primera vez que fue pronunciado. Cuando quise hablar con el anciano mi visión se hizo borrosa y su figura se desvaneció por completo. No podría precisar si al fin conseguí articular palabra alguna, o si el anciano estaba en disposición de escucharlas. Mi nombre martilleaba en mis oídos, proveniente de un lugar inconcreto, y con él, el dolor que poco a poco fue modelando de nuevo cada parte de mi cuerpo, concienciándome de que aún era humano y mortal.

 Pero no me pregunte más, Doctor, el resto ya lo sabe Ud: Me desperté en el quirófano cuando ya todos me daban por muerto, y lo que yo crea o deje de creer no tiene importancia, estoy vivo, y eso es lo que importa. Además, me gustaría, si no le ofende, dar por finalizadas estas sesiones que a nada conducen…

Me sentí liberado al dejar aquellas charlas de psiquiatras.  La verdad es fruto de muchos árboles y hay para elegir la que más nos guste. Cuando me miro en un espejo no necesito recordar al anciano para describirlo, sólo necesito dejar pasar el tiempo para llegar a verlo reflejado en mi rostro, por eso sé que estuve allí, sea dónde fuera, pero que no en mi hora. La puerta se abrirá a su debido tiempo, mientras tanto, paciencia.

 

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