Las piedras del molino (cancioncilla)

Interior de uno de los grandes molinos del Tajo. En primer plano el rayado de una piedra solera, detrás varios conjuntos de muela solera y volaera.

Extinta ya la molienda
qué triste la volaera descansa
apeada del rodezno,
pues muda de pena
ya no canta al molinero
el agua al pasar por el río,
sus saberes calla
al orillar el molino,
y mira de soslayo a la solera
que prescindida también
de la cebada y el trigo
duerme en el olvido.

©Gallego Rey

Texto inspirado en la entrada

LAS PIEDRAS DE MOLINO

Y el libro  Molinos de Agua de la Provincia de Toledo, el cual recomiendo y cuyo autor, así como el de la fotografía que he tomado prestada para ilustrar el poema, es Miguel Méndez-Cabeza.

 

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La magia del caos (egrégora)

La magia del caos comprende
el orden de la sucesión
y no atormenta al abismo
que emana del alma.
Transcurre (in)diferente
entre las vidas talladas
y las cosas que fueron
y las que vendrán
encaminando el paso del egrégor
a otras dimensiones latentes
donde la sustancia de la
oscuridad anuncia la luz
y el silencio condena al ruido
confundiendo a la muerte circular
– servidora de la embriaguez
elemental y humana –
para que olvide su propósito
y no se detenga el tiempo
como el agua estancada.

Gallego Rey. Derechos Reservados

La alacena.

En el interior de la alacena se escondían de los recuerdos unas viejas supervivientes de lo mas parecido a piezas de un añejo ajuar de boda o, quizás, de un premio barato de tómbola. No habían sido, en todo caso, en conjunto, una vajilla de calidad. Ni hermosa. Tampoco aquel vaso de cristal color marrón que se ajustaba como podía, más solo y abandonado si cabe, a la estampa de pobreza recién recuperada.

Ya era un milagro, en todo caso, que la alacena se sostuviera en pie, disimulando su decadencia como un camaleón que se oculta de si mismo. Pero allí estaba, lo recuerdo, a la intemperie recién estrenada después de derruidas esas cuatro paredes a las que un día alguien había llamado casa. Y no me lo pensé dos veces cuando aquel loco de ciudad que había estacionado de un frenazo su vehículo Mercedes de lujo en el hueco imaginario de su demencia me pidió precio por ella. – Se la regalo, caballero, es toda suya- .
Recuerdo su entusiasmo por la adquisición de gratis de algo que no valía nada, y como además, de forma más que desprendida, me pagó el porte de la alacena a precio de trasporte de lingotes de oro, con la única condición de que tenía que llevarla hasta unas señas en el pueblo, sin un rasguño, y con el vaso marrón de cristal y las supervivientes de tómbola o ajuar de boda intactas. Un loco.

Hoy, maldita mi falta de conocimiento, o de astucia, no salgo de mi asombro al ver aquella alacena vulgar y corriente luciendo como un trofeo de caza mayor en la vivienda de ese lunático, que la muestra en un programa de televisión donde gente con dinero exhiben orgullosas sus mansiones modernas. Dice, ante la embobada mirada de una presentadora que alucina mirando aquel pedazo de vulgaridad que en su tiempo solo se podían permitir los gañanes y obreros de poca cualificación, que es un mueble retro, años cuarenta, imposible ya de conseguir en tan buenas condiciones de conservación.

Y la alacena parece que devuelve las miradas, orgullosa de si misma, ganadora.

Hay que joderse, repito incrédulo una y otra vez. Hay que joderse.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

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