La poesía es inmundicia acicalada

La poesía aunque ya no duela
ni se incruste en el mostrador
de la vida quemando conciencias
es inmundicia acicalada
y también noche, aire
plomo y cómplice de las
grietas en los espejos
y un templo donde rezar
persiguiendo dioses
y muertos
y máscaras donde apaciguar
la nocturna soledad.
La poesía es olvidar
para recordar de otra manera
sin el peso muerto
de la catástrofe cotidiana
y un muro inexistente
entre el tú y el yo
y el nosotros
porque o todo es desnudez
y desgarro en la poesía
o no es poesía

@ Gallego Rey

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La teoría del caos

...al principio en mí
no había nada…”

Mientras mi ángel duerme
soporta el cielo con su presencia
una alevilla menuda que calma mi
herida imaginaria con un ungüento
imaginario entretanto la noche rima
con sus alas blancas y los impedidos
triunfan con impunidad en la ciudad
del caos y Lázaro se niega a caminar,
porque ni yo soy dios, ni la suerte
nunca estuvo echada, y menos aún
después de que la mariposa estática
se negase a aletear.

© Gallego Rey

El futuro entre costuras

gallego reySerá con hilo de seda, o rudimentario, de nailon o de cuerda de cáñamo, pero en este país tan nuestro nadie da una puntada sin hilo. Vivimos inmersos en planes continuos de futuro sin mirar al pasado más que para echarnos los trastos a la cabeza. Somos así y sin remedio.

El presente tampoco es un tiempo que nos guste admirar, quizás porque el hoy, el ya mismo, nos refleje en el espejo la cara amargada de una vida de insatisfacciones, o la resaca de la última gran borrachera colectiva de cuando había dinero para pagar la orquesta a plazos.

España ha perdido el patrón maestro del sastre, aquel que tanto valía para confeccionar un traje de fiesta y misa de domingo, que otro para el día a día o para un entierro. Ahora cosemos retales,  unos a  otros, sin tomar medidas al modelo ni combinar bien los colores. Ni siquiera nos importa que una pernera sea de pana fina y la otra de raso, o la chaqueta de harapos de última moda.

Y así nos va saliendo el traje que nos ponemos para vestirnos de españoles; como el de un arlequín saltimbanqui, un pordiosero a la última, o un progresista manifestero con ropa de marca. Pero eso sí, aquí nadie da una puntada sin hilo, aunque solo sea para joder al modisto de al lado.

Vivimos el futuro entre costuras mientras deshilachamos el presente e ignoramos el pasado.  ¿Qué podemos esperar entonces? Nada bueno.