La sucesión de Fibonacci

 

 

Busco un pleito que desangre
de mi vientre la sombra estéril;
sombra sin luz,
árido silencio,
polvo,
tormento,
obstáculo a la creación…
En el interior de la oscuridad
mi boca respira por derecho propio,
pero muda, aguardando parir la luz
que transfigure el lamento en fe
y la confusión en idioma.
No pido tanto a cambio:
poder hablar de mí a ciegas,
redimido,
como un hombre nuevo
de quien no se conoce nada,
salvo su rostro de piedra,
y en él, esculpida, la sucesión de la vida:
0
1
1
2
3
5
8
13
21
34
55
89
144
.
.
.
.

©Gallego Rey

Imágenes tomadas de Internet. 

Anuncios

Libre albedrío

 

No es así como tú lo piensas,
esta urdimbre que nos sujeta al lienzo
no es solo un capricho del azar.
Estos mismos hilos, dispuestos
columpiándose frente al albur de
algún dios caprichoso, podrían tejer
un envés donde al subir nos rompería
contra el mundo la marea, dejando detrás
de nosotros un naufragio de olas carentes
de sal y espuma, y un anverso con dos cruces
descosidas del cuadro, agitando al viento
la blanca bandera de la rendición, mientras,
haciendo tiempo en la despensa del olvido,
nuestros cadáveres esperarían otra
oportunidad para ser retratados con los pies
enraizando en la tierra, como simples mortales,
sin la arbitrariedad de querer tener vida propia
más allá de la creación. Aunque quizás tengas
un poco de razón, y merezca la pena jugársela
a lo que salga.

©Gallego Rey

Apareamiento

Vientre de mujer,
primavera cargada de osadía,
¿Es cierto que todo es un juego
que se deshoja, descompone
y nunca es para siempre?
Yo creo en tu fruta prohibida,
obscena, impúdica,
y necesito aunque tú no me quieras,
naufragar barcos de papel
en tu lujuria, jugando
a descifrar el vuelo del colibrí
en tu fecunda osadía de atraerme
como el loco a la cordura.
Quiero ser tu inevitable pecado mortal,
alegre gozo, un azar a la orilla de todo,
y el más sublime de tus orgasmos,
hasta que me quede sin vendas
en los ojos, y te vea,
colmada y plena,
y herida de vida en tu vientre,
aunque no me quieras y juegues,
y este juego lo pierda yo,
y me diluya al amanecer sin más derrotas e interrogantes.

©Gallego Rey

Óbito

Frente a mi espejo, todavía muriendo,
veo por los ojos incrustados dentro
de mi calavera el tiempo que para mí
aún corre y no se para, y me exige y me demanda.
Esos ojos, aún apagándose, lo observan todo
desde la quietud de una mirada que ya
no tiene dueño, dentro de una vida ambulante.
Y es fascinante lo bella que puede ser la cima
de mi naufragio, que en volandas, afuera de mí,
me ha conducido la borrasca de mi niñez,
cuyo camino era el eterno mañana.
Cómo me ha mordido el futuro
aquel comienzo prometedor, tan adulador
como la brisa que pasa de largo y solo
deja arrugas y los rescoldos de los pasos
caminados. Se fue primero la materia,
como cualquier luz vencida por la oscuridad, luego se fue el alma, y asumo esa verdad
última, y sus escombros.
Ahora, cualquier sitio será bueno para
descansar del apagado pulso de mi orfandad
que a paso llego, no sin antes despedirme
de las cenizas de donde vengo,
y del andamiaje desnudo de la vida,
a la que se le hace tarde viendo caer
sobre su horizonte el espejo vacío
donde ya no queda nada que reflejar.
Porque ahora miro, pero ya no ven mis ojos,
y el tiempo, ya ni corre ni para,
ni me exige ni me demanda.

©Gallego Rey 

Aquelarre solitario

Esta noche no ansío soledad
sino el hambre de una vigilia
que me enfangue en tus ladinas caderas
más fuertes que el imperio de todos
los astros y mostrador de los deleites
que la voz lúdica de la locura me tienta,
y así, levitando, febril al pensarlo
me sobresalto radiante
transformado en un toro ebrio
de vulnerable testosterona,
pero tú me niegas sin ni siquiera
de regalo un beso que en mis
labios sangre y haga de los estragos
de tu risa en mi cara, -mudando a empujones-
el ayuno por la apetencia que alimenta
lo imposible y me hunde en la noche
sin un aullido de lástima que protestar.
Cuando me recobre de tu negación
permaneceré mudo para siempre
y no volverás a escuchar de mi boca
tu nombre, y fallecerás entonces conociendo
el horror de la indiferencia,
y yo, derrotado, me apagaré contigo
como el eco espantoso de la muerte.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

El deseo

El deseo es la presencia de la ausencia
de aquello que nos apremia
y nos habita en secreto
extrañando lo que nunca ha sido.
Desear es rendirse a la urgencia ciega
y lanzarse a la pesquisa perpetua
que lleva al descalabro del tiempo
y también de la razón
que acaba en la reducción del alma.
El deseo es la raíz,
la parte oculta del tormento,
porque desear es asomarse
al vórtice del dolor.
Es una ley del deseo
concebir irrealidades
y pretender la muerte de lo infinito
humillándose ante el capricho.
Para no desear tendríamos que renunciar a respirar,
para no desear sería forzoso dejarnos morir.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Géminis (Autorretrato II)

Autorretrato de Gallego Rey para el poema Géminis

Autorretrato de Gallego Rey para el poema Géminis

Mi conciencia es la tuya
como el abismo que nada en el pez
o la lluvia que lame al fuego.
Es la secuencia de una vida grabada
en el rostro como la luz tatuándose
en la oscuridad, aunque no sé
si lo estaré soñando
o aguardando al vendaval
mientras me empujas con tu mirada
hacia un rincón donde de mí se esconde
el sol con las manos.
Pero mirándote te digo
que tu angustia es también mi angustia
como copias exactas, porque
para ningún otro respiramos tan hondo,
y sin embargo nos tememos
como se teme a los despojos
de la lucidez, y así debe de continuar
hasta que la compasión
nos estreche en sus brazos
y tengamos que pagar el dulce
y postrer abrazo que nos reconcilie.