Oráculo

 

 

Un abanico de luto en su mirada negra
y fría como el nicho abierto y vacío
de un mal nacido que se sienta
ante la resurrección de su sombra
y echa por la boca
desdentada la sangre del pueblo

medita porqué está muerto
y porqué está vivo, luces y sombras
al compás de un histrión exiliado

pregunto

esclavitud, contesta,
esa maligna enfermedad
hechicera que de algún modo
mentiroso os hipnotiza

cómo
si se nace libre

como verdugos de la ilusión
y los ojos arrancados
y las palabras mudas

y otro día más
al paso firme
de la mano
del tiempo
que no se detiene

Gallego Rey. Derechos Reservados

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Autorretrato

 

 

El desnudo de mis huesos está adquiriendo la densidad
del paso del tiempo, y ya no me reconozco
en este extravío de mitad olvidos y mitad desmemoria.
Necesito un nombre que de nombre a este arrugado despojo
de ayeres sin sentido, y que tus ojos me miren de cara,
para que por fin te veas como eres después de todo,
después de nada…

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Seguridad

Los llevaron a la comisaría “de los muertos”. A mí me llamaron pasadas las cinco de la tarde, cuando ya hacía un frío de ponerse abrigo para salir a la calle. Según me informaron, deprisa y mal, una patrulla de paisano los había interceptado en una de las calles que desemboca en la Plaza Nueva, y los habían detenido sin contemplaciones por ir haciendo el bobo, chillando y quebrantando la paz pública. No quise preguntar nada. Supuse lo que cualquiera podría suponer ante una llamada así; que les había caído el gordo por ser unos adolescentes con ganas de pasarlo bien, quizás sí, de forma descontrolada y haciendo más jaleo de la cuenta, con sus patinetes o por puro pavoneo. A esas edades todos hemos sido fieras con la testosterona marcando máximos.
Cuando llegué a la comisaría, la rutina de siempre, me enviaron directamente a los bajos, a la sala que jocosamente los agentes llamaban el cementerio. Eren tres, de no más de quince años. Me pasaron sus números de filiación, el atestado policial de sus detenciones y el informe forense certificando que los tres, como era habitual desde hacía un tiempo a esta parte en aquellas dependencias policiales, habían dejado de molestar para siempre por causas naturales. No protesté ni hice ademán alguno que pudiera delatar mi rabia. Como abogado de turno de oficio me tenían cogido por las pelotas. Firmé de conformidad. Tres gamberros menos formando jaleo, me dijo el comisario de guardia socarronamente. Lo miré dedicándole una media sonrisa que pretendía ser de complicidad, por si las moscas. Desde que se había votado en aquel referéndum sobre libertad o seguridad, ganando por goleado lo segundo, a fe que se vivía más seguro, aunque de seguir este ritmo de muertes naturales no quedaríamos muchos para contarlo.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

El duende de la mezquindad y yo

El travieso duende de la mezquindad
se ha hecho hombre y estornuda en alud
a la humanidad masticada en su boca
arrugando en el vacío que habita en su alma
y ante mis ojos morosos
las nanas de la compasión.

No hay más miedo adusto
que a tal parto incompetente
que como herida abraza al dolor
y estremece su destino
enmarañando las fábulas de la memoria
al ritmo laberíntico de una alucinación chinesca.

Habitamos ambos, en un imposible,
sin raíces, como en un desván a solas
sin cuerda para suicidarnos
siendo, acaso, el invierno total antes de la muerte.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

A degüello: la profecía del hombre muerto

Al clamor del asombro
sobrevendrá la apatía
y los monstruos de las sombras
habitarán en el insufrible dolor
de nuestra derrota,
y caerán sus máscaras
de candente plomo
como cae la flor del olvido
sobre nuestros ojos,
y volverá Diciembre con su agonía
de crucifixión a resucitar
a este apócrifo occidente
hijo de un simulado Uróboros,
y valdrá su precio de treinta
monedas de plata que los
ahorcados traidores
nos vendan al peso,
aunque no consuele saber que
también morirán los
poetas canallas que escupen
su disconformidad desde
sus trincheras de terciopelo
mientras el sarraceno toca a degüello
esperando el momento de amortajarlos
con sus vacíos versos.

© Gallego Rey

El demente dormido

La noche me atraviesa clara
mal hiriendo mi demencia,
rompiendo mi soledad
que ya no es una dimensión
invulnerable donde resguardarse
de la soledad. Y me estremezco
ante este anochecer tan diáfano
que me desnuda de máscaras
y me viste de cordura.
Impropio de mí es este resucitar
como un no sonámbulo,
amenazando con quedarme
a vivir entre los cuerdos,
aunque quizás solo sea
un solsticio pasajero;
la llamada a la adoración
de mis fieles recuerdos
que me despiertan para honrarme
con el sacrificio de un momento
para recordar, antes de regresarme
al templo oscuro del olvido
y volver a ser nadie cabalgando
a lomos de la locura.

Gallego Rey. © Derechos Reservados.