Mirarte

Con la expiración del fulgor
en mis frágiles ojos caídos,
quebrándome,
por vocación de olvidado
retallo que surge de noche
a la luz de una copa de vino
escanciado en tu boca por mis
manos revueltas, ignoradas,
que se vuelven polillas sin luz
donde esconder sus alas.
Tan desnudo me dejas al mirarte
que no me dejas nada,
salvo desesperación y sueños;
polvo de estrellas y un velo
que soporta las distancias
entre tu piel y no verte.
Quizás sea mejor así,
que no existas más que en el
mandil donde te guardo
para bañarme cada noche
en tus ojos, desvariando,
alargándome como un cuerpo
sin sombra, tumbado en la
densidad de una quietud
que siento en la agonía
de mi silenciada voz, que te
reclama sin haber sido nunca mía
mas que en los espejos
y en mis madrugadas a solas,
donde el folio y tus dedos
me enredan, y me vencen los pesares, y se desatan a la orilla
del miedo todas mis lágrimas
al escribirte, al diseñarte como
si fueses las raíces mismas
del fuego que me consume
por esa manía de mirarte,
con la expiración del fulgor
en mis frágiles ojos caídos,
quebrándome,
por vocación de olvidado
retallo que surge de noche
a la luz de una copa de vino
escanciado en tu boca por mis
manos revueltas, ignoradas,
que se vuelven polillas sin luz
donde esconder sus alas,
y siempre vuelta a empezar.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Demencia mía

Un búho inventa la noche, y en cierta forma es feliz, como un arquitecto cósmico, providencial. Soy yo. Insomne, navegando entre cuerpos celestes, emanando sentidos redimidos, cópulas primigenias y licencias insoslayables.
Mientras quiera saber si existes, el último sol de la tarde llegará para unir nuestras soledades, para acunar tus sueños, para esparcir tu fragancia que me reduce a la figura de un dios a tus pies.
Mi corazón late.
Quiero.
El azar es la astucia que nuestras miradas ausentes buscan para encontrarse, desnudas.
Adiós a la noche.
Te desafío.
Un día alguien escribirá sobre el ritmo de mi locura, inclinación que me lleva hacia la estética de las palabras. Porque un búho inventa la noche.
Soy yo:
un búho
un búho
Un búho soy yo: loco, quizás también demente…

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Me fugo a intervalos

Me fugo a intervalos de esta calma soporífera vestida de niebla
acariciando con movimientos furtivos a las estrellas que titilan batidas por el viento.

Me fugo en escaladas
de este cuerpo enhebrado
cosido a retales y hecho añicos
por el vértice de una caricia.

Me fugo y no me retienen razones
ni recuerdos, ni la cárcel de tus brazos que se abren matemáticamente sumando un nuevo mártir a tu causa.

Me fugo a intervalos
y tú me encuentras.

Gallego Rey. De La Fragua del Viento. Derechos Reservados.

La alacena.

En el interior de la alacena se escondían de los recuerdos unas viejas supervivientes de lo mas parecido a piezas de un añejo ajuar de boda o, quizás, de un premio barato de tómbola. No habían sido, en todo caso, en conjunto, una vajilla de calidad. Ni hermosa. Tampoco aquel vaso de cristal color marrón que se ajustaba como podía, más solo y abandonado si cabe, a la estampa de pobreza recién recuperada.

Ya era un milagro, en todo caso, que la alacena se sostuviera en pie, disimulando su decadencia como un camaleón que se oculta de si mismo. Pero allí estaba, lo recuerdo, a la intemperie recién estrenada después de derruidas esas cuatro paredes a las que un día alguien había llamado casa. Y no me lo pensé dos veces cuando aquel loco de ciudad que había estacionado de un frenazo su vehículo Mercedes de lujo en el hueco imaginario de su demencia me pidió precio por ella. – Se la regalo, caballero, es toda suya- .
Recuerdo su entusiasmo por la adquisición de gratis de algo que no valía nada, y como además, de forma más que desprendida, me pagó el porte de la alacena a precio de trasporte de lingotes de oro, con la única condición de que tenía que llevarla hasta unas señas en el pueblo, sin un rasguño, y con el vaso marrón de cristal y las supervivientes de tómbola o ajuar de boda intactas. Un loco.

Hoy, maldita mi falta de conocimiento, o de astucia, no salgo de mi asombro al ver aquella alacena vulgar y corriente luciendo como un trofeo de caza mayor en la vivienda de ese lunático, que la muestra en un programa de televisión donde gente con dinero exhiben orgullosas sus mansiones modernas. Dice, ante la embobada mirada de una presentadora que alucina mirando aquel pedazo de vulgaridad que en su tiempo solo se podían permitir los gañanes y obreros de poca cualificación, que es un mueble retro, años cuarenta, imposible ya de conseguir en tan buenas condiciones de conservación.

Y la alacena parece que devuelve las miradas, orgullosa de si misma, ganadora.

Hay que joderse, repito incrédulo una y otra vez. Hay que joderse.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Apocalíptica

Manchados de obsesiones
nos ondulamos a propósito
sin resistir a su reclamo,
arrollados por su voz.
Nos llama desde los límites
del tiempo, pletórica tras correr
entre los confines de la oscuridad
como un cuervo a cargo de
nuestros sueños.
Luego, sucede el silencio,
que no deja arena en el reloj
ni vuelta a empezar.
Hay que ir recogiendo los desechos del alma para ofrecérselos en prenda,
y tocar la nada como al principio
sin que nuestra ausencia manche de recuerdos o nostalgias
el aire que nos abandona.
Se termina este capricho,
como cualquier otro,
y es que todo fluye,
nada permanece.*

* Y es que todo fluye,
nada permanece. De Heráclito el oscuro.

Gallego Rey. Derechos Reservados.

Podría decirte…

Acaso si de pronto tropezase de nuevo el viento irisado en tu cuerpo, y al instante siguiente,
como si el amor volviera habitar en nuestras manos, y me diluyese agónico entre el expositor de tus muslos y la radiante sexualidad de tu vientre,
cerraría parpadeando con mi boca tus ojos,
y tu piel y mi piel y todo nuestro vigor cicatrizarían en nuestros labios, y tocaría a mucho o a nada el convite,
depende,
cosa nuestra.
Instigar el deshielo
es hablar de un tira y afloja,
y dejar fluir la vida a través de pedazos de sensualidad;
de sangre y semen,
mientras quede fuego donde quemarnos y un poco de confusa oscuridad estrechándonos hondo al son del pulso acelerado.
Podría decirte que quiero joder contigo esta noche,
pero no sería lo mismo,
me arriesgaría a un simple sí
por respuesta.

Gallego Rey. Derechos Reservados.